sábado, 8 de noviembre de 2025
A comienzos del siglo XX, uno de los mayores enigmas científicos seguía sin resolverse: ¿cuántos años tiene realmente la Tierra? Aunque hoy sabemos que nuestro planeta cuenta con unos 4.540 millones de años, llegar a esa cifra fue un viaje de descubrimiento que combinó geología, física y química. Lo que hoy parece un dato establecido, fue en su momento un debate apasionante que enfrentó a científicos de distintas disciplinas. La clave, como tantas veces en la historia de la ciencia, llegó desde un campo inesperado: la física nuclear y el fenómeno de la desintegración radiactiva.
Un planeta más joven de lo que parecía
A finales del siglo XIX, la mayoría de los geólogos creía que la Tierra tenía apenas unos cientos de millones de años. Charles Darwin, por ejemplo, estimaba que la erosión y los procesos geológicos requerían al menos 300 millones de años para dar forma al paisaje terrestre. Sin embargo, otros científicos, como el físico Lord Kelvin, pensaban que esa cifra era imposible. Según sus cálculos termodinámicos, el planeta no podía tener más de 40 millones de años: si hubiera sido más antiguo, ya se habría enfriado completamente.
El problema estaba en que Kelvin no conocía una fuente de energía interna capaz de mantener caliente el interior terrestre durante tanto tiempo. Su error era comprensible: la radiactividad aún no había sido descubierta.
El hallazgo que cambió todo
En 1896, Henri Becquerel descubrió la radiactividad, y poco después Marie y Pierre Curie aislaron elementos radiactivos como el polonio y el radio. Estos descubrimientos demostraron que los átomos podían transformarse espontáneamente en otros, liberando energía y partículas. Era una nueva forma de entender la materia… y también de medir el tiempo.
Fue el físico británico Ernest Rutherford quien, en 1904, tuvo una idea revolucionaria: si los elementos radiactivos se desintegran a un ritmo constante, entonces podrían servir como un “reloj natural” para medir la antigüedad de las rocas. Cada átomo inestable —por ejemplo, de uranio— se transforma en otro elemento estable —como el plomo— siguiendo una tasa conocida como vida media.
Esto significaba que, si se podía medir cuánto uranio quedaba en una roca y cuánto plomo se había acumulado, era posible calcular cuánto tiempo había pasado desde su formación.
Arthur Holmes: el pionero de la datación radiactiva
Aunque Rutherford planteó la teoría, fue un joven geoquímico británico, Arthur Holmes, quien la llevó a la práctica. En 1911, con apenas 21 años, comenzó a aplicar el método uranio-plomo para datar rocas antiguas. En 1913 publicó resultados que estimaban la edad de la Tierra en más de 1.600 millones de años, una cifra que superaba por mucho las suposiciones de la época.
Sus colegas lo miraban con escepticismo. Muchos geólogos se resistían a aceptar cifras tan elevadas, y los físicos dudaban de la fiabilidad del método. Pero Holmes perseveró. Mejoró las técnicas de medición, refinó los cálculos y demostró que los resultados eran coherentes con la historia geológica del planeta.
Con el tiempo, su trabajo fue reconocido como una de las mayores contribuciones científicas del siglo XX. Holmes no solo ayudó a determinar la edad de la Tierra, sino que también mostró que la radiactividad era la fuente de calor interno que mantenía activo el núcleo terrestre, explicando por fin por qué nuestro planeta no se había enfriado como predijo Kelvin.
De millones a miles de millones
Durante las décadas siguientes, las técnicas de datación se perfeccionaron con el uso de distintos isótopos radiactivos, como el potasio-argón o el rubidio-estroncio. Estos métodos permitieron datar no solo rocas terrestres, sino también meteoritos y muestras lunares.
Los resultados coincidían sorprendentemente bien: todos apuntaban a una edad cercana a 4.540 millones de años, lo que hoy se considera la edad más aceptada de la Tierra. Este dato se basa en el análisis de los meteoritos más antiguos, formados al mismo tiempo que el sistema solar.
Gracias a estas técnicas, los científicos pudieron reconstruir la historia profunda de nuestro planeta: su formación a partir de polvo cósmico, la diferenciación del núcleo y el manto, el nacimiento de los océanos y la aparición de la vida.
Un legado que sigue vigente
Arthur Holmes cambió para siempre la forma en que entendemos el tiempo geológico. Su insistencia en combinar química, física y geología transformó una estimación incierta en una medición precisa. Hoy, los métodos de datación radiactiva son una herramienta esencial en campos tan diversos como la arqueología, la paleontología y la astrofísica.
Además, su legado se refleja en un concepto más amplio: la profundidad del tiempo. Saber que la Tierra tiene más de 4.500 millones de años nos permite comprender mejor la escala real de los procesos naturales. Montañas, océanos, glaciaciones y extinciones son solo capítulos dentro de una historia mucho más extensa de lo que cualquier ser humano podría imaginar.
Una mirada hacia el futuro
Curiosamente, el avance que permitió medir el pasado más remoto de la Tierra también abrió la puerta a una de las mayores revoluciones tecnológicas de la humanidad: la energía nuclear. La comprensión de la desintegración radiactiva no solo explicó la edad del planeta, sino que sentó las bases para reactores, medicina nuclear y exploración espacial.
Más de un siglo después de aquellos primeros experimentos, la datación radiactiva sigue afinándose con nuevas tecnologías, como los espectrómetros de masas de alta precisión. Y aunque el número “4.540 millones” parece definitivo, los científicos continúan revisando detalles que podrían ajustar la cifra en unos pocos millones de años —una diferencia mínima a escala cósmica, pero fascinante desde el punto de vista humano.
Porque, al final, entender la edad de la Tierra no es solo una cuestión de números. Es una forma de ubicarnos en el universo: de saber cuánto tiempo llevamos caminando sobre este mundo milenario y cuánto nos queda por descubrir.
Si te gustó este post, te invitamos a conocer cuántos seres humanos abitaron la Tierra en la historia.
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