domingo, 20 de septiembre de 2026
Durante años, la red social Twitter fue el lugar al que muchos investigadores acudían para descubrir un nuevo estudio, comentar un resultado o explicar una noticia antes de que llegara a los grandes medios. En una misma conversación podían coincidir una epidemióloga, un periodista, un médico y cualquier persona con curiosidad. Esa plaza digital sigue existiendo bajo el nombre de X, pero una parte creciente de la comunidad científica ya no quiere reunirse allí.
No se trata de una fuga completa ni de una decisión tomada por todos al mismo tiempo. Algunos científicos han cerrado su cuenta, otros publican mucho menos y muchos conservan su perfil mientras trasladan las conversaciones importantes a Bluesky, Mastodon, LinkedIn o canales propios. Lo más interesante es que esta migración no depende únicamente de Elon Musk o de la política. Tiene que ver con algo más profundo: X ha perdido parte de la utilidad profesional que convirtió a Twitter en una herramienta casi imprescindible para la ciencia.
Cuando Twitter era el gran café de la ciencia
Una investigación científica puede tardar meses o años en publicarse. Twitter aceleró la conversación que ocurría después. Un autor podía compartir su artículo en segundos, recibir preguntas de colegas de otro país y explicar sus resultados sin esperar una conferencia. Los periodistas encontraban especialistas, los estudiantes seguían a figuras de su campo y las instituciones difundían información directamente al público.
La plataforma fue especialmente importante durante la pandemia de COVID-19. En un momento en el que el conocimiento cambiaba con rapidez, permitió circular prepublicaciones, análisis y aclaraciones casi en tiempo real. También ayudó a corregir errores y a conectar profesionales que no se conocían. Por supuesto, ya había discusiones agresivas y datos falsos, pero muchos usuarios sentían que los beneficios todavía superaban el ruido.
Ese equilibrio comenzó a romperse después de que Elon Musk comprara Twitter en octubre de 2022. La empresa redujo equipos, cambió las reglas de moderación, eliminó el antiguo sistema de verificación y convirtió la insignia azul en una función asociada principalmente a una suscripción. En 2023, Twitter también pasó a llamarse X. Cada medida afectó de manera distinta a los usuarios, pero juntas alteraron la confianza, la visibilidad y la forma de reconocer una fuente legítima.
La salida de científicos de X ya se puede medir
Durante un tiempo, la idea de que los académicos estaban abandonando Twitter se apoyó sobre todo en experiencias personales. Ahora existen datos que muestran un cambio más amplio.
Una encuesta realizada por Nature en 2023 encontró que más de la mitad de los participantes había reducido el tiempo que pasaba en la plataforma durante los seis meses anteriores. Cerca del 7 % afirmó que ya había dejado de utilizarla. La consulta no representa a todos los científicos del mundo, pero fue una señal temprana de que el malestar no se limitaba a unas pocas cuentas conocidas.
Después llegó una medición basada en el comportamiento real. Un estudio publicado en PS: Political Science & Politics examinó más de 15.700 cuentas académicas de economía, ciencia política, sociología y psicología. Los autores detectaron una caída significativa tanto en el número de cuentas activas como en el volumen de publicaciones después de la compra. El descenso fue más marcado entre los antiguos usuarios verificados y en los mensajes originales, precisamente el contenido que más valor añadía a la conversación.
El estudio no puede demostrar que cada persona se marchara por una única decisión de Musk. Sí muestra que la participación académica disminuyó de forma clara en el mismo periodo en que cambió la dirección de la plataforma. Por eso es más exacto hablar de un alejamiento gradual que de un apagón repentino.
El acoso convierte la divulgación en un riesgo
Explicar ciencia en público siempre ha implicado recibir críticas. El problema aparece cuando una pregunta legítima se mezcla con insultos, campañas coordinadas, amenazas y respuestas automáticas. Investigadores que trabajan con vacunas, cambio climático, identidad de género o salud pública se encuentran entre los más expuestos.
Esto produce un efecto sencillo: antes de publicar, el científico calcula si la conversación merece el coste emocional y profesional. Si compartir un estudio genera cientos de respuestas hostiles, es probable que la próxima vez opte por el silencio o por una comunidad más pequeña y moderada. La plataforma pierde así a quienes crean información original, mientras conserva a quienes viven de reaccionar a ella.
No todo es una cuestión de percepción. Un trabajo revisado por pares publicado en PLOS ONE comparó la actividad antes y después de la compra de Twitter. Durante el periodo analizado, las publicaciones con expresiones de odio fueron aproximadamente un 50 % más frecuentes y los “me gusta” que recibieron aumentaron un 70 %. Los autores tampoco observaron la reducción clara de actividad inauténtica que se había prometido. Como todo estudio observacional, tiene límites y no atribuye cada cambio a una sola causa, pero ayuda a entender por qué muchos especialistas perciben un entorno más hostil.
La desinformación compite en igualdad de condiciones con la evidencia
La ciencia suele expresarse con cautela. Un investigador habla de probabilidades, reconoce límites y evita presentar una conclusión provisional como una verdad definitiva. La desinformación funciona al revés: ofrece respuestas simples, apela a la emoción y se comparte con rapidez.
En una red guiada por la interacción, el mensaje más riguroso no siempre es el más visible. Una explicación detallada puede quedar enterrada bajo una afirmación llamativa, una captura sin contexto o un vídeo que confirma lo que el usuario ya quería creer. Para el especialista, responder a cada falsedad es agotador; además, una corrección puede dar todavía más alcance al contenido engañoso.
El cambio en la verificación añadió otra dificultad. La antigua insignia azul no garantizaba que alguien tuviera razón, pero ayudaba a confirmar que la cuenta pertenecía realmente a la persona o institución mencionada. Cuando el símbolo pasó a depender sobre todo del pago, perdió parte de esa función. Para un lector común se volvió más difícil distinguir a una autoridad sanitaria, una cuenta de parodia y un perfil que imitaba a una organización.
X también cerró una puerta a quienes investigaban la propia red
La comunidad científica no solo usaba Twitter para divulgar. También lo estudiaba. Durante años, su interfaz de programación, conocida como API, permitió analizar grandes cantidades de mensajes para investigar la propagación de rumores, las alertas durante desastres, la comunicación sanitaria, el comportamiento de los grupos y las campañas automatizadas.
En 2023, el acceso académico gratuito desapareció y las opciones capaces de manejar grandes volúmenes de datos pasaron a tener precios fuera del alcance de la mayoría de universidades. Un análisis sobre el legado de la API de Twitter identificó 27.453 estudios publicados desde 2006 en 14 disciplinas. El dato permite medir lo que estaba en juego: X no solo era un lugar para hablar de ciencia, sino uno de los mayores laboratorios públicos para estudiar la sociedad digital.
Sin acceso suficiente a los datos, resulta más difícil comprobar cómo circula una mentira, detectar redes coordinadas o evaluar si las medidas de moderación funcionan. Esta falta de transparencia también rompe una relación básica con los investigadores: se les pide confiar en las afirmaciones de la empresa sin poder auditarlas con la misma profundidad.
Bluesky se está convirtiendo en el nuevo punto de encuentro científico
Mastodon fue uno de los primeros destinos tras la compra de Twitter, pero su estructura descentralizada resultó confusa para parte del público. LinkedIn ofrece estabilidad profesional, aunque no reproduce el ritmo de conversación de la antigua Twitter. Threads tiene una audiencia enorme, pero su diseño y sus herramientas tampoco convencieron a toda la comunidad académica.
Bluesky es la alternativa que más se ha acercado a aquella experiencia. Su aspecto resulta familiar, permite crear listas de inicio para encontrar especialistas y ofrece feeds personalizados. Estas funciones ayudan a reconstruir una comunidad sin depender por completo de un único algoritmo.
Un preprint que siguió a cerca de 300.000 académicos calculó que el 18 % había trasladado también su presencia a Bluesky entre 2023 y comienzos de 2025. El porcentaje llegó al 31,3 % en artes y humanidades, mientras que fue menor en medicina y salud. El mismo trabajo encontró un detalle revelador: las personas tendían a mudarse poco después de que lo hicieran las cuentas de las que obtenían información. En otras palabras, los científicos no se van solos; siguen a su comunidad.
Otro análisis preliminar sobre la ciencia en Bluesky estudió más de 2,6 millones de publicaciones que enlazaban a 532.302 artículos científicos entre enero de 2023 y julio de 2025. Sus autores observaron más interacción y comentarios más originales que los registrados en estudios previos sobre X. Ambos trabajos son preprints y deben interpretarse con prudencia, pero muestran que Bluesky ya no es solo un refugio temporal: empieza a funcionar como una red científica propia.
¿Significa esto que la ciencia ha desaparecido de X?
No. X todavía reúne a millones de personas y mantiene una ventaja difícil de reemplazar: allí siguen periodistas, políticos, organismos públicos y lectores que nunca abrirán una cuenta en una red académica. Muchos investigadores permanecen porque construyeron una audiencia durante años o porque consideran importante responder a la desinformación justo donde aparece.
Además, abrir una cuenta en Bluesky no equivale necesariamente a cerrar la de X. Es frecuente publicar en varias plataformas, observar cuál ofrece mejores conversaciones y reducir poco a poco la actividad en las demás. Las cifras disponibles miden partes distintas del fenómeno y no justifican afirmar que toda la comunidad científica se haya marchado.
Sin embargo, una red social no pierde su valor únicamente cuando pierde usuarios. También lo pierde cuando las personas que aportaban información dejan de crear, conversar y corregir. Una cuenta silenciosa continúa sumando en las estadísticas, pero ya no contribuye a la plaza pública.
La fragmentación de la ciencia también afecta al público
La migración puede mejorar la experiencia de los investigadores, pero tiene un coste. Si los especialistas se concentran en espacios pequeños, la información fiable corre el riesgo de circular solo entre quienes ya confían en la ciencia. Mientras tanto, las afirmaciones falsas pueden seguir viajando por redes con públicos mucho mayores.
También se fragmentan las conversaciones. Un debate puede comenzar en Bluesky, continuar en una newsletter y terminar en un grupo privado, lejos de estudiantes, periodistas o ciudadanos que antes lo encontraban por casualidad. La antigua Twitter reunía todos esos mundos en un mismo lugar. Su carácter caótico era un problema, pero también favorecía encuentros que no ocurrirían dentro de una plataforma especializada.
Por eso la pregunta importante no es qué aplicación ganará la competencia. La cuestión es si Internet puede ofrecer un espacio abierto donde la evidencia tenga visibilidad, las fuentes puedan identificarse y los expertos participen sin pagar por ello con una avalancha de acoso.
Cómo reconocer información científica fiable en cualquier red
La plataforma es solo el punto de partida. Antes de aceptar una afirmación, conviene comprobar si enlaza al estudio original, si se trata de una investigación revisada por pares o de un preprint y si otros expertos independientes llegan a conclusiones parecidas. También es útil verificar la identidad del autor en la web de su universidad, en ORCID o en la página de la institución para la que trabaja.
Un número alto de seguidores no sustituye a la evidencia, del mismo modo que una insignia de pago no convierte a nadie en especialista. La mejor señal suele ser la transparencia: una fuente confiable explica de dónde obtiene los datos, reconoce lo que todavía no se sabe y corrige sus errores cuando aparecen.
La comunidad científica no está abandonando X por miedo al debate. Muchos investigadores se alejan porque sienten que el esfuerzo de separar preguntas reales de ataques, bots y desinformación ya no compensa el alcance obtenido. Twitter triunfó al reunir en un mismo sitio a las personas de las que todos querían aprender. Ahora esa misma fuerza actúa en sentido contrario: cuando las fuentes valiosas se mudan, quienes las seguían tienen un motivo para irse detrás.
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