jueves, 17 de septiembre de 2026
La ciencia en Latinoamérica vive una contradicción difícil de ignorar. La región tiene más investigadores, publica más trabajos y participa en proyectos capaces de cambiar lo que sabemos sobre el universo, las enfermedades y el clima. Sin embargo, todavía invierte poco, depende demasiado de presupuestos públicos inestables y convierte una parte muy pequeña de ese conocimiento en tecnología propia.
Hay una cifra que resume bien esta tensión: entre 2014 y 2023, el número de investigadores de América Latina y el Caribe creció un 45 %. En el mismo periodo, las solicitudes internacionales de patentes de la región disminuyeron. Es decir, existe más talento científico, pero no siempre encuentra los recursos, la infraestructura o los puentes con el sector productivo que necesita para transformar sus ideas en soluciones.
¿Está la ciencia latinoamericana despegando o sigue atrapada en sus problemas históricos? La respuesta corta es que ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Para comprender el presente hay que mirar más allá de los grandes descubrimientos y observar quién financia la investigación, dónde se realiza, en qué idioma se publica y qué países concentran las oportunidades. Desde blogs de Uruguay hasta México, hemos investigado sobre cuál es la situación de la ciencia en Latinoamérica y aquí te lo contamos en Mundo Ciencia.
¿Cuál es la situación actual de la ciencia en Latinoamérica?
La radiografía regional más reciente está en El Estado de la Ciencia 2025, elaborado por la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT), la Organización de Estados Iberoamericanos y la UNESCO. Aunque el informe se publicó a finales de 2025, los últimos datos comparables para la mayoría de los países corresponden a 2023. Esta aclaración es importante: la ciencia necesita estadísticas precisas, y presentar cifras antiguas como si fueran actuales puede ofrecer una imagen engañosa.
En 2023, América Latina y el Caribe invirtió unos 85.553 millones de dólares medidos en paridad de poder de compra. La cantidad es mayor que una década antes, pero solo equivale al 0,60 % del producto interno bruto regional y al 4,4 % de la inversión mundial en investigación y desarrollo. Como referencia, algunas de las economías más intensivas en conocimiento destinan entre el 2,5 % y más del 5 % de su PIB a estas actividades.
El problema no es únicamente cuánto se invierte, sino cómo se reparte. Brasil concentró el 62,5 % del gasto regional en I+D. México y Argentina se situaron cerca del 10 % cada uno, mientras que Chile y Colombia rondaron el 3 %. En conjunto, esos cinco países reunieron aproximadamente el 88 % de la inversión. Esto deja a gran parte de Centroamérica, el Caribe y los países latinoamericanos más pequeños con sistemas científicos frágiles y muy dependientes de la cooperación exterior.
Brasil y Uruguay fueron los únicos países que superaron el promedio regional de inversión respecto a su PIB, con un 1,19 % y un 0,71 %, respectivamente. Argentina se ubicó en el promedio, mientras que muchos otros países no llegaron al 0,40 %. No significa que allí no exista buena ciencia. Significa que sus equipos suelen trabajar con menos laboratorios, convocatorias, becas y posibilidades de sostener proyectos durante varios años.
Hay más investigadores, pero siguen siendo pocos
La región pasó de unos 297.000 investigadores equivalentes a jornada completa en 2014 a 429.000 en 2023. El aumento es notable, aunque la distancia con las economías que más invierten en conocimiento continúa siendo enorme.
América Latina y el Caribe cuenta con 1,32 investigadores por cada mil personas de la población económicamente activa. La Unión Europea se acerca a 9,8, Estados Unidos a 10,8 y Corea del Sur supera los 17. Esta diferencia ayuda a entender por qué un país latinoamericano puede formar profesionales excelentes y, al mismo tiempo, no disponer de suficientes puestos para incorporarlos.
Las universidades sostienen buena parte del sistema: concentran el 74,2 % de los investigadores de la región. Esa fortaleza tiene una cara menos favorable. Cuando la investigación depende casi por completo de universidades y organismos públicos, una crisis presupuestaria puede detener experimentos, suspender becas o dejar equipos costosos sin mantenimiento. También dificulta que las empresas incorporen conocimiento científico a su producción.
Los campos científicos que están marcando 2026
Hablar de “ciencia latinoamericana” como si fuera una sola realidad sería un error. Cada país tiene capacidades diferentes, pero varias áreas muestran con claridad el potencial de la región.
Astronomía: el cielo chileno abre una nueva etapa
Chile ocupa un lugar central en la astronomía mundial gracias a la calidad de sus cielos y a observatorios como ALMA, Paranal y La Silla. El 30 de junio de 2026, el Observatorio Vera C. Rubin inició desde Cerro Pachón su estudio de diez años del cielo austral. Su cámara registrará cambios en el universo noche tras noche y ayudará a estudiar materia oscura, asteroides, explosiones estelares y millones de objetos que varían con el tiempo.
En Cerro Armazones también avanza la construcción del Extremely Large Telescope, diseñado para convertirse en el mayor telescopio óptico e infrarrojo del mundo. Estas instalaciones colocan a Latinoamérica en el centro de la astronomía del siglo XXI. El reto es que estar en el territorio no convierta a los países anfitriones en simples proveedores de cielo y suelo. El verdadero impacto aparece cuando la infraestructura también forma especialistas locales, facilita el acceso a los datos y fortalece universidades de la región.
Biomedicina: investigar problemas que afectan a la región
La pandemia dejó una lección clara: depender por completo de tecnología sanitaria externa puede costar tiempo y vidas. Desde entonces, distintos países reforzaron investigaciones sobre vacunas, diagnóstico, genómica, enfermedades transmitidas por mosquitos y producción de medicamentos.
Un ejemplo reciente es la vacuna Butantan-DV contra el dengue, desarrollada en Brasil y registrada para aplicarse en una sola dosis a personas de entre 12 y 59 años. Más allá de un producto concreto, el caso demuestra lo que puede conseguir una red estable de institutos públicos, hospitales, voluntarios, sistemas de vigilancia y capacidad industrial.
La región necesita este tipo de conocimiento porque sus problemas sanitarios no siempre ocupan los primeros lugares en la agenda de los países ricos. Dengue, Chagas, malaria, leishmaniasis y otras enfermedades requieren investigación continua en los lugares donde circulan. Lo mismo sucede con la resistencia a los antibióticos y con el enfoque “Una sola salud”, que estudia de forma conjunta la salud humana, animal y ambiental.
Materiales, energía y grandes laboratorios
Brasil también opera Sirius, una fuente de luz sincrotrón de cuarta generación instalada en Campinas. Esta enorme infraestructura permite estudiar materiales, proteínas, suelos, minerales, medicamentos y procesos vinculados con la energía a escalas extremadamente pequeñas. Durante 2026 continuó ampliando sus líneas de luz y recibió proyectos de equipos científicos mediante convocatorias abiertas.
Sirius muestra por qué las grandes instalaciones compartidas son importantes. Ninguna universidad pequeña podría construir por sí sola un instrumento de este tamaño, pero una infraestructura nacional o regional puede atender a cientos de grupos. América Latina todavía tiene mucho margen para aplicar este modelo a supercomputación, secuenciación genómica, oceanografía, microscopía avanzada y redes de observación climática.
Inteligencia artificial y computación cuántica
La inteligencia artificial ya forma parte de la agenda científica regional, aunque sus capacidades están muy concentradas. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025 indica que Brasil y México reúnen el 68 % de los investigadores activos en IA de la región. Si se suman Colombia, Chile y Argentina, los cinco países concentran el 87 %.
La brecha más difícil de cerrar no está en el uso cotidiano de herramientas generativas, sino en la capacidad para crear modelos, procesar grandes conjuntos de datos y formar investigadores avanzados. Más de la mitad de los 19 países analizados no dispone de infraestructura informática de alto rendimiento, y 11 no cuentan con doctorados en inteligencia artificial. El riesgo es evidente: Latinoamérica puede convertirse en una gran consumidora de sistemas diseñados en otros lugares, con datos y prioridades que no representan su realidad.
También existen movimientos para cambiar ese escenario. Brasil puso en marcha un plan de inteligencia artificial para 2024-2028 con una inversión prevista de hasta 23.000 millones de reales. México avanza con Coatlicue, una infraestructura pública de supercomputación cuyo comité técnico fue creado en 2026. Al mismo tiempo, el software de código abierto ofrece una vía más accesible para que países con menos recursos creen soluciones locales y colaboren entre sí.
La computación cuántica todavía se encuentra en una fase inicial, pero ya entró en la planificación científica regional. No se trata de que cada país construya mañana un ordenador cuántico completo. La prioridad inmediata es formar especialistas en física, matemáticas, ingeniería y programación, además de crear redes que eviten una nueva dependencia tecnológica.
La ciencia abierta es una fortaleza latinoamericana
Latinoamérica no lidera la inversión mundial, pero sí desarrolló una manera original de compartir el conocimiento. Muchas revistas científicas de la región nacieron dentro de universidades públicas y permiten leer artículos sin pagar una suscripción. En numerosos casos, tampoco cobran al investigador por publicar. Este modelo, conocido como acceso abierto diamante, contrasta con el sistema comercial de grandes editoriales que puede cobrar miles de dólares por un solo artículo.
SciELO, Latindex, Redalyc y LA Referencia ayudaron a que revistas, tesis, datos y repositorios latinoamericanos fueran más visibles. SciELO, por ejemplo, amplió su modelo para incluir prepublicaciones, datos de investigación, identificación de la contribución de cada autor y formas más transparentes de revisión por pares.
En 2026, la UNESCO informó que el 88 % de los países de América Latina y el Caribe ya había iniciado acciones para aplicar su Recomendación sobre la Ciencia Abierta. El avance es importante, pero abrir un archivo no basta. Los datos deben estar bien descritos, ser comparables, proteger la privacidad y permanecer en servidores sostenibles. Sin personal técnico y financiación, un repositorio puede quedar abandonado igual que un laboratorio.
El problema de la visibilidad y el idioma
La mayor parte de la comunicación científica internacional se realiza en inglés. Usar una lengua común facilita la colaboración, pero también crea una barrera para quienes no tuvieron acceso a una formación bilingüe. Además, una investigación sobre un río, una comunidad rural o una enfermedad local puede ser poco atractiva para una revista extranjera aunque sea muy valiosa para la población afectada.
El sistema de evaluación agrava el problema cuando juzga a una persona por el prestigio de la revista donde publica y no por la calidad o utilidad real de su trabajo. Bajo esa presión, los investigadores buscan temas con mayor posibilidad de aparecer en publicaciones internacionales. El resultado puede ser una ciencia visible en los índices globales, pero distante de las necesidades de su propio país.
La solución no consiste en abandonar el inglés ni en encerrarse dentro de las fronteras nacionales. Consiste en construir una ciencia realmente multilingüe. Un mismo estudio puede tener un artículo técnico en inglés, un resumen amplio en español o portugués y materiales sencillos para las comunidades relacionadas con la investigación. Publicar en varios formatos no rebaja la calidad: amplía el número de personas que pueden utilizar el conocimiento.
Más publicaciones no siempre significan más innovación
La producción científica creció en casi todos los países latinoamericanos entre 2014 y 2023. Brasil siguió como principal productor regional, mientras que Perú y Ecuador registraron algunos de los mayores aumentos relativos. La colaboración internacional también permitió participar en proyectos que serían imposibles para un solo laboratorio.
Sin embargo, las solicitudes de patentes mediante el Tratado de Cooperación en materia de Patentes pasaron de 1.435 en 2014 a 1.162 en 2023 para toda América Latina y el Caribe. Una patente no es la única forma de medir la innovación y muchas investigaciones valiosas nunca deberían terminar en una. Aun así, la caída señala una dificultad conocida: el paso entre un descubrimiento y una aplicación suele ser débil.
Para reducir esa distancia hacen falta oficinas de transferencia tecnológica competentes, financiación para las etapas de prueba, compras públicas innovadoras y empresas dispuestas a invertir en investigación. También se necesitan reglas que protejan el interés público. Transferir conocimiento no debería significar regalar a una compañía privada el resultado de años de trabajo pagado por toda la sociedad.
Mujeres en la ciencia y nuevas generaciones
Las mujeres representan alrededor del 46 % de las personas dedicadas a la investigación en América Latina y el Caribe. Argentina, Venezuela, Paraguay y Uruguay superan la mitad, mientras que la participación es menor en países como Perú y Chile. El promedio regional, por tanto, oculta diferencias nacionales y no explica qué ocurre en cada disciplina o nivel de responsabilidad.
Para las nuevas generaciones, el desafío no termina al obtener un título. Una carrera científica necesita becas previsibles, contratos dignos, laboratorios activos y posibilidades de dirigir proyectos. Cuando esas condiciones desaparecen, emigrar deja de ser una elección académica y se convierte en la única salida profesional.
La movilidad internacional puede ser positiva si genera redes y permite regresar con experiencia. El problema aparece cuando el vínculo funciona en una sola dirección: la región paga la formación inicial, otros países aprovechan ese talento y el sistema de origen pierde a la persona que necesitaba para crecer. Convertir la fuga de cerebros en circulación de conocimiento exige oportunidades reales de retorno y colaboración a distancia.
¿Qué necesita la ciencia latinoamericana para avanzar?
El primer cambio es dar estabilidad al financiamiento. Un laboratorio no puede planificar ensayos de cinco años si desconoce si tendrá presupuesto el próximo semestre. Las políticas científicas necesitan acuerdos que sobrevivan a los cambios de gobierno, objetivos medibles y fondos plurianuales.
El segundo es compartir capacidades. No todos los países pueden tener un sincrotrón, un gran observatorio o un superordenador, pero sí pueden crear mecanismos regionales para utilizar esas instalaciones, formar técnicos y distribuir datos. La cooperación debe ocurrir dentro de Latinoamérica y no solo entre un país latinoamericano y una institución del norte global.
También es necesario cambiar la forma de evaluar el éxito. Las citas y las publicaciones seguirán siendo útiles, pero deberían convivir con otros resultados: bases de datos abiertas, programas informáticos, mejoras en políticas públicas, tecnologías sociales, formación de estudiantes y soluciones aplicadas a problemas locales.
Por último, la ciencia debe hablar con la sociedad antes de que surja una crisis. Comunicar no significa simplificar hasta perder rigor. Significa explicar qué se sabe, qué todavía es incierto y por qué una investigación merece apoyo. En una época de desinformación, esta conversación es parte del trabajo científico, no un adorno posterior.
El futuro de la ciencia en Latinoamérica se decide ahora
En 2026, Latinoamérica posee universidades con larga tradición, redes de acceso abierto, grandes instalaciones, una comunidad científica en crecimiento y territorios esenciales para estudiar el clima, la biodiversidad, los océanos y el espacio. No parte de cero ni carece de talento.
Su mayor límite es la dificultad para convertir esfuerzos aislados en una política sostenida. La región puede seguir formando excelentes investigadores para sistemas científicos ajenos o puede crear condiciones para que colaboren con el mundo sin abandonar las preguntas de sus sociedades.
La diferencia no dependerá de un único descubrimiento espectacular. Dependerá de decisiones menos llamativas, pero más profundas: mantener una beca, cuidar un repositorio, reparar un equipo, financiar una revista, abrir datos de calidad y permitir que una investigación continúe cuando cambia el gobierno. Allí, lejos de los titulares, se juega la verdadera actualidad de la ciencia latinoamericana.
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