domingo, 20 de septiembre de 2026
Guardar una receta, un peinado o una idea para decorar el salón parece un gesto sin importancia. Sin embargo, cada vez que alguien pulsa el botón de guardar en los mejores pins de Pinterest está dejando una pequeña pista sobre sus deseos, sus planes y la forma en que imagina su futuro. Un equipo de investigadores encontró una señal especialmente reveladora. No estaba escondida en las fotografías, sino en cuatro verbos que se repetían alrededor de ellas y que diferenciaban a Pinterest de otras redes sociales.
La investigación se publicó en 2013, cuando Pinterest todavía era una plataforma joven. Por eso no debe leerse como una descripción exacta de todos sus usuarios actuales. Aun así, aquella primera gran radiografía permite entender algo que continúa siendo central: muchas personas no entran en Pinterest únicamente para mirar lo que otros hacen, sino para encontrar cosas que podrían incorporar a su propia vida.
El primer gran estudio sobre la actividad en Pinterest
Investigadores de la Universidad de Minnesota y Georgia Tech analizaron más de 200.000 pines para conocer qué impulsaba la actividad dentro de la plataforma. El trabajo, financiado por la National Science Foundation, se presentó en la conferencia CHI de 2013 con el título “I Need to Try This!”: A Statistical Overview of Pinterest.
El equipo estudió la manera en que circulaban los contenidos, las diferencias observadas entre hombres y mujeres y el lenguaje asociado a las publicaciones. Era una pregunta nueva para aquel momento. Facebook se organizaba alrededor de las relaciones personales y Twitter, hoy X, alrededor de mensajes breves, noticias y conversaciones. Pinterest, en cambio, colocaba los objetos y las ideas en el centro de la experiencia.
En lugar de limitarse a publicar una opinión, el usuario podía guardar una imagen y clasificarla en un tablero temático. Una fotografía de una tarta podía ir a “recetas para probar”; una mesa restaurada, a “ideas para casa”; y un destino, a “próximos viajes”. Esa estructura convertía la navegación en una forma de selección y organización personal.
Los cuatro verbos que explican por qué usamos Pinterest
La pista más llamativa apareció al comparar el lenguaje de Pinterest con el de Twitter. Cuatro verbos destacaban en la plataforma visual: “usar”, “mirar”, “querer” y “necesitar”. En inglés, los términos identificados fueron use, look, want y need.
Los cuatro admiten una continuación muy sencilla: “quiero esto”, “necesito esto”, “mira esto” o “voy a usar esto”. Esa construcción revela que el contenido suele percibirse como algo aplicable. La imagen no solo comunica una emoción o informa de un hecho; también presenta una posibilidad.
“Usar” y “mirar”: explorar algo que puede ser útil
Los verbos “usar” y “mirar” apuntan a una búsqueda práctica. Quien encuentra un tutorial, una combinación de ropa o una solución para ordenar una habitación puede guardarla para consultarla después. Pinterest funciona así como un catálogo creado por sus propios usuarios, en el que las imágenes permiten revisar muchas opciones con rapidez.
Mirar tampoco es necesariamente una actividad pasiva. En este contexto puede ser el primer paso de una decisión: comparar estilos, descubrir una técnica o entender cómo podría quedar un objeto en un espacio. La persona todavía no ha actuado, pero ya está evaluando posibilidades.
“Querer” y “necesitar”: del interés al deseo
“Querer” y “necesitar” expresan una relación más intensa con aquello que aparece en pantalla. No significa que todos los objetos guardados sean necesidades reales ni que cada pin termine en una compra. En las conversaciones cotidianas usamos frases como “necesito hacer esta receta” o “quiero probar este corte” para mostrar entusiasmo.
El lenguaje, por tanto, acerca la imagen a una acción futura. Un pin puede representar algo que la persona desea comprar, preparar, visitar, aprender o imitar. Esa mezcla de inspiración y propósito ayuda a explicar el interés comercial que Pinterest despertó desde sus primeros años, pero reducir toda la experiencia a comprar sería un error. También se “consumen” ideas sin gastar dinero: una postura de yoga, una manualidad con materiales reciclados o una forma distinta de presentar un plato.
Guardar un pin no es lo mismo que dar “me gusta”
En muchas redes, el “me gusta” responde a algo que ya ocurrió: una fotografía publicada, una opinión o una noticia. Guardar un pin suele tener otra orientación temporal. Con frecuencia señala algo que la persona desea recuperar más adelante.
Esa diferencia permite interpretar los tableros como una especie de memoria externa. En vez de confiar en que recordará una idea, el usuario la coloca en una colección. El tablero reduce el esfuerzo de buscarla otra vez y, al mismo tiempo, reúne alternativas que pueden compararse entre sí.
Un repin también cumple dos funciones. Hace circular el contenido, pero además lo incorpora al archivo personal de quien lo guarda. Por eso la misma acción puede indicar aprobación, utilidad, curiosidad o intención. Contar repines informa sobre la difusión de una imagen, aunque no permite saber por sí solo qué hará cada usuario con ella.
El poder de organizar el futuro con imágenes
Pinterest elimina parte de la distancia entre una idea abstracta y una representación concreta. “Quiero renovar el dormitorio” es un deseo amplio; un tablero con colores, muebles y distribuciones posibles lo transforma en algo que se puede ver, ordenar y revisar.
Esta característica ayuda a entender por qué la plataforma se utiliza para bodas, viajes, reformas, recetas, moda o proyectos de bricolaje. Son actividades que suelen requerir planificación y que se benefician de las referencias visuales. El tablero no garantiza que el proyecto se realice, pero permite ensayar posibilidades con poco coste y sin tomar todavía una decisión definitiva.
También hay un componente de identidad. Al seleccionar imágenes, una persona no solo organiza objetos: construye una versión posible de su casa, su estilo o sus próximas experiencias. Esta lectura va más allá de lo demostrado directamente por el estudio de 2013, pero encaja con la conducta observada: los usuarios reúnen cosas que consideran relevantes para sí mismos y para aquello que esperan hacer.
Qué descubrió el estudio sobre hombres y mujeres
La investigación encontró que las mujeres recibían más repines, independientemente de la zona geográfica analizada, mientras que los hombres tendían a acumular más seguidores. A primera vista puede parecer una contradicción, pero ambas métricas describen fenómenos diferentes.
Tener seguidores refleja el tamaño de una audiencia. Conseguir repines muestra hasta qué punto ciertos contenidos vuelven a guardarse y circulan por la red. Una cuenta puede tener muchos seguidores y generar relativamente pocas republicaciones, mientras que otra puede crear imágenes muy compartidas sin reunir la audiencia más grande.
Estos resultados no demuestran que exista una forma “masculina” y otra “femenina” de usar Pinterest por naturaleza. El estudio observó asociaciones dentro de una plataforma, una muestra y un momento histórico concretos. En 2013, la composición de la comunidad, las normas sociales y el sistema de recomendaciones eran distintos a los actuales. Además, analizar el género mediante categorías limitadas deja fuera identidades y experiencias que hoy deberían tenerse en cuenta.
La conclusión prudente es que visibilidad e influencia no siempre coinciden. El número de seguidores no cuenta toda la historia; la capacidad de un contenido para ser guardado y reutilizado ofrece otra medida de su alcance.
Por qué Pinterest se siente diferente de otras redes sociales
La comparación con Twitter fue importante porque mostró dos lógicas de uso. En una red centrada en la conversación, las personas reaccionan a noticias, discuten ideas o se dirigen a otros usuarios. En Pinterest, gran parte de la actividad gira alrededor de “cosas”: una lámpara, un vestido, un jardín, una receta o un lugar.
Eso no significa que Pinterest carezca de dimensión social. Los usuarios siguen cuentas, comparten contenidos y reciben recomendaciones basadas en la actividad colectiva. La diferencia está en que la relación social puede quedar en segundo plano. A menudo importa más la idea guardada que la persona que la publicó.
Esta estructura también produce una experiencia menos ligada al presente inmediato. Una publicación en X puede perder relevancia en horas porque responde a la actualidad. Un tutorial para reparar una mesa o una receta pueden seguir siendo útiles meses después. El valor del contenido depende menos de cuándo apareció y más de si resuelve un interés.
Del estudio de palabras a los algoritmos de recomendación
La plataforma ha cambiado mucho desde 2013. Pinterest se define actualmente como un espacio de búsqueda y descubrimiento visual y declara contar con 640 millones de usuarios activos mensuales. También afirma que se guardan 1.500 millones de pines cada semana. Estas cifras muestran que la conducta estudiada inicialmente se produce hoy a una escala muy superior.
La personalización también se ha vuelto más compleja. Un trabajo técnico publicado en 2022 explica que los sistemas de recomendación pueden combinar intereses de largo plazo con intenciones recientes. Para ello consideran secuencias de acciones como guardar, hacer clic, reaccionar o comentar.
Esto añade una capa importante a la investigación original. En 2013, los científicos utilizaron el lenguaje y las conexiones entre usuarios para descubrir patrones. Ahora, cada interacción sirve además como señal para decidir qué imágenes aparecerán después. Si una persona guarda varias ideas para jardines pequeños, el sistema puede interpretar un interés estable; si de pronto consulta tartas de cumpleaños, puede detectar una necesidad más inmediata.
Sin embargo, una predicción algorítmica no equivale a leer la mente. Un clic puede expresar entusiasmo, duda o simple curiosidad. Los sistemas calculan probabilidades a partir de conductas anteriores, pero no conocen con certeza la intención de cada gesto.
Qué límites tiene esta investigación
El estudio fue pionero y describió patrones en una gran cantidad de pines, pero era observacional. Encontrar una relación entre género, seguidores y repines no permite afirmar qué causó esa diferencia. Del mismo modo, detectar ciertos verbos revela cómo hablaban los usuarios, no garantiza que llevaran a la práctica todos sus deseos.
También conviene evitar trasladar sin más sus resultados al presente. Pinterest incorporó nuevas herramientas, modificó sus algoritmos y amplió su audiencia. Las costumbres digitales también cambiaron. El valor del trabajo está en haber identificado una lógica temprana de la plataforma y en ofrecer preguntas que todavía resultan útiles: ¿qué expresa realmente una acción de guardar?, ¿cómo se transforma una imagen en un plan? y ¿qué parte de nuestros deseos aprende un sistema de recomendación?
Pinterest no solo muestra lo que nos gusta
Los cuatro verbos hallados por los investigadores —usar, mirar, querer y necesitar— explican por qué Pinterest ocupa un lugar particular entre las plataformas digitales. Sus usuarios no se limitan a describir el presente. Clasifican materiales para una comida que aún no cocinaron, una habitación que todavía no renovaron o un viaje que quizá hagan algún día.
Ahí estaba la respuesta escondida en el lenguaje. Un tablero puede parecer una simple colección de imágenes, pero también es un mapa de posibilidades. Pinterest no solo registra aquello que llama nuestra atención: conserva pequeñas versiones del futuro que nos gustaría convertir en realidad.
Durante años, la red social Twitter fue el lugar al que muchos investigadores acudían para descubrir un nuevo estudio, comentar un resultado o explicar una noticia antes de que llegara a los grandes medios. En una misma conversación podían coincidir una epidemióloga, un periodista, un médico y cualquier persona con curiosidad. Esa plaza digital sigue existiendo bajo el nombre de X, pero una parte creciente de la comunidad científica ya no quiere reunirse allí.
No se trata de una fuga completa ni de una decisión tomada por todos al mismo tiempo. Algunos científicos han cerrado su cuenta, otros publican mucho menos y muchos conservan su perfil mientras trasladan las conversaciones importantes a Bluesky, Mastodon, LinkedIn o canales propios. Lo más interesante es que esta migración no depende únicamente de Elon Musk o de la política. Tiene que ver con algo más profundo: X ha perdido parte de la utilidad profesional que convirtió a Twitter en una herramienta casi imprescindible para la ciencia.
Cuando Twitter era el gran café de la ciencia
Una investigación científica puede tardar meses o años en publicarse. Twitter aceleró la conversación que ocurría después. Un autor podía compartir su artículo en segundos, recibir preguntas de colegas de otro país y explicar sus resultados sin esperar una conferencia. Los periodistas encontraban especialistas, los estudiantes seguían a figuras de su campo y las instituciones difundían información directamente al público.
La plataforma fue especialmente importante durante la pandemia de COVID-19. En un momento en el que el conocimiento cambiaba con rapidez, permitió circular prepublicaciones, análisis y aclaraciones casi en tiempo real. También ayudó a corregir errores y a conectar profesionales que no se conocían. Por supuesto, ya había discusiones agresivas y datos falsos, pero muchos usuarios sentían que los beneficios todavía superaban el ruido.
Ese equilibrio comenzó a romperse después de que Elon Musk comprara Twitter en octubre de 2022. La empresa redujo equipos, cambió las reglas de moderación, eliminó el antiguo sistema de verificación y convirtió la insignia azul en una función asociada principalmente a una suscripción. En 2023, Twitter también pasó a llamarse X. Cada medida afectó de manera distinta a los usuarios, pero juntas alteraron la confianza, la visibilidad y la forma de reconocer una fuente legítima.
La salida de científicos de X ya se puede medir
Durante un tiempo, la idea de que los académicos estaban abandonando Twitter se apoyó sobre todo en experiencias personales. Ahora existen datos que muestran un cambio más amplio.
Una encuesta realizada por Nature en 2023 encontró que más de la mitad de los participantes había reducido el tiempo que pasaba en la plataforma durante los seis meses anteriores. Cerca del 7 % afirmó que ya había dejado de utilizarla. La consulta no representa a todos los científicos del mundo, pero fue una señal temprana de que el malestar no se limitaba a unas pocas cuentas conocidas.
Después llegó una medición basada en el comportamiento real. Un estudio publicado en PS: Political Science & Politics examinó más de 15.700 cuentas académicas de economía, ciencia política, sociología y psicología. Los autores detectaron una caída significativa tanto en el número de cuentas activas como en el volumen de publicaciones después de la compra. El descenso fue más marcado entre los antiguos usuarios verificados y en los mensajes originales, precisamente el contenido que más valor añadía a la conversación.
El estudio no puede demostrar que cada persona se marchara por una única decisión de Musk. Sí muestra que la participación académica disminuyó de forma clara en el mismo periodo en que cambió la dirección de la plataforma. Por eso es más exacto hablar de un alejamiento gradual que de un apagón repentino.
El acoso convierte la divulgación en un riesgo
Explicar ciencia en público siempre ha implicado recibir críticas. El problema aparece cuando una pregunta legítima se mezcla con insultos, campañas coordinadas, amenazas y respuestas automáticas. Investigadores que trabajan con vacunas, cambio climático, identidad de género o salud pública se encuentran entre los más expuestos.
Esto produce un efecto sencillo: antes de publicar, el científico calcula si la conversación merece el coste emocional y profesional. Si compartir un estudio genera cientos de respuestas hostiles, es probable que la próxima vez opte por el silencio o por una comunidad más pequeña y moderada. La plataforma pierde así a quienes crean información original, mientras conserva a quienes viven de reaccionar a ella.
No todo es una cuestión de percepción. Un trabajo revisado por pares publicado en PLOS ONE comparó la actividad antes y después de la compra de Twitter. Durante el periodo analizado, las publicaciones con expresiones de odio fueron aproximadamente un 50 % más frecuentes y los “me gusta” que recibieron aumentaron un 70 %. Los autores tampoco observaron la reducción clara de actividad inauténtica que se había prometido. Como todo estudio observacional, tiene límites y no atribuye cada cambio a una sola causa, pero ayuda a entender por qué muchos especialistas perciben un entorno más hostil.
La desinformación compite en igualdad de condiciones con la evidencia
La ciencia suele expresarse con cautela. Un investigador habla de probabilidades, reconoce límites y evita presentar una conclusión provisional como una verdad definitiva. La desinformación funciona al revés: ofrece respuestas simples, apela a la emoción y se comparte con rapidez.
En una red guiada por la interacción, el mensaje más riguroso no siempre es el más visible. Una explicación detallada puede quedar enterrada bajo una afirmación llamativa, una captura sin contexto o un vídeo que confirma lo que el usuario ya quería creer. Para el especialista, responder a cada falsedad es agotador; además, una corrección puede dar todavía más alcance al contenido engañoso.
El cambio en la verificación añadió otra dificultad. La antigua insignia azul no garantizaba que alguien tuviera razón, pero ayudaba a confirmar que la cuenta pertenecía realmente a la persona o institución mencionada. Cuando el símbolo pasó a depender sobre todo del pago, perdió parte de esa función. Para un lector común se volvió más difícil distinguir a una autoridad sanitaria, una cuenta de parodia y un perfil que imitaba a una organización.
X también cerró una puerta a quienes investigaban la propia red
La comunidad científica no solo usaba Twitter para divulgar. También lo estudiaba. Durante años, su interfaz de programación, conocida como API, permitió analizar grandes cantidades de mensajes para investigar la propagación de rumores, las alertas durante desastres, la comunicación sanitaria, el comportamiento de los grupos y las campañas automatizadas.
En 2023, el acceso académico gratuito desapareció y las opciones capaces de manejar grandes volúmenes de datos pasaron a tener precios fuera del alcance de la mayoría de universidades. Un análisis sobre el legado de la API de Twitter identificó 27.453 estudios publicados desde 2006 en 14 disciplinas. El dato permite medir lo que estaba en juego: X no solo era un lugar para hablar de ciencia, sino uno de los mayores laboratorios públicos para estudiar la sociedad digital.
Sin acceso suficiente a los datos, resulta más difícil comprobar cómo circula una mentira, detectar redes coordinadas o evaluar si las medidas de moderación funcionan. Esta falta de transparencia también rompe una relación básica con los investigadores: se les pide confiar en las afirmaciones de la empresa sin poder auditarlas con la misma profundidad.
Bluesky se está convirtiendo en el nuevo punto de encuentro científico
Mastodon fue uno de los primeros destinos tras la compra de Twitter, pero su estructura descentralizada resultó confusa para parte del público. LinkedIn ofrece estabilidad profesional, aunque no reproduce el ritmo de conversación de la antigua Twitter. Threads tiene una audiencia enorme, pero su diseño y sus herramientas tampoco convencieron a toda la comunidad académica.
Bluesky es la alternativa que más se ha acercado a aquella experiencia. Su aspecto resulta familiar, permite crear listas de inicio para encontrar especialistas y ofrece feeds personalizados. Estas funciones ayudan a reconstruir una comunidad sin depender por completo de un único algoritmo.
Un preprint que siguió a cerca de 300.000 académicos calculó que el 18 % había trasladado también su presencia a Bluesky entre 2023 y comienzos de 2025. El porcentaje llegó al 31,3 % en artes y humanidades, mientras que fue menor en medicina y salud. El mismo trabajo encontró un detalle revelador: las personas tendían a mudarse poco después de que lo hicieran las cuentas de las que obtenían información. En otras palabras, los científicos no se van solos; siguen a su comunidad.
Otro análisis preliminar sobre la ciencia en Bluesky estudió más de 2,6 millones de publicaciones que enlazaban a 532.302 artículos científicos entre enero de 2023 y julio de 2025. Sus autores observaron más interacción y comentarios más originales que los registrados en estudios previos sobre X. Ambos trabajos son preprints y deben interpretarse con prudencia, pero muestran que Bluesky ya no es solo un refugio temporal: empieza a funcionar como una red científica propia.
¿Significa esto que la ciencia ha desaparecido de X?
No. X todavía reúne a millones de personas y mantiene una ventaja difícil de reemplazar: allí siguen periodistas, políticos, organismos públicos y lectores que nunca abrirán una cuenta en una red académica. Muchos investigadores permanecen porque construyeron una audiencia durante años o porque consideran importante responder a la desinformación justo donde aparece.
Además, abrir una cuenta en Bluesky no equivale necesariamente a cerrar la de X. Es frecuente publicar en varias plataformas, observar cuál ofrece mejores conversaciones y reducir poco a poco la actividad en las demás. Las cifras disponibles miden partes distintas del fenómeno y no justifican afirmar que toda la comunidad científica se haya marchado.
Sin embargo, una red social no pierde su valor únicamente cuando pierde usuarios. También lo pierde cuando las personas que aportaban información dejan de crear, conversar y corregir. Una cuenta silenciosa continúa sumando en las estadísticas, pero ya no contribuye a la plaza pública.
La fragmentación de la ciencia también afecta al público
La migración puede mejorar la experiencia de los investigadores, pero tiene un coste. Si los especialistas se concentran en espacios pequeños, la información fiable corre el riesgo de circular solo entre quienes ya confían en la ciencia. Mientras tanto, las afirmaciones falsas pueden seguir viajando por redes con públicos mucho mayores.
También se fragmentan las conversaciones. Un debate puede comenzar en Bluesky, continuar en una newsletter y terminar en un grupo privado, lejos de estudiantes, periodistas o ciudadanos que antes lo encontraban por casualidad. La antigua Twitter reunía todos esos mundos en un mismo lugar. Su carácter caótico era un problema, pero también favorecía encuentros que no ocurrirían dentro de una plataforma especializada.
Por eso la pregunta importante no es qué aplicación ganará la competencia. La cuestión es si Internet puede ofrecer un espacio abierto donde la evidencia tenga visibilidad, las fuentes puedan identificarse y los expertos participen sin pagar por ello con una avalancha de acoso.
Cómo reconocer información científica fiable en cualquier red
La plataforma es solo el punto de partida. Antes de aceptar una afirmación, conviene comprobar si enlaza al estudio original, si se trata de una investigación revisada por pares o de un preprint y si otros expertos independientes llegan a conclusiones parecidas. También es útil verificar la identidad del autor en la web de su universidad, en ORCID o en la página de la institución para la que trabaja.
Un número alto de seguidores no sustituye a la evidencia, del mismo modo que una insignia de pago no convierte a nadie en especialista. La mejor señal suele ser la transparencia: una fuente confiable explica de dónde obtiene los datos, reconoce lo que todavía no se sabe y corrige sus errores cuando aparecen.
La comunidad científica no está abandonando X por miedo al debate. Muchos investigadores se alejan porque sienten que el esfuerzo de separar preguntas reales de ataques, bots y desinformación ya no compensa el alcance obtenido. Twitter triunfó al reunir en un mismo sitio a las personas de las que todos querían aprender. Ahora esa misma fuerza actúa en sentido contrario: cuando las fuentes valiosas se mudan, quienes las seguían tienen un motivo para irse detrás.
Abres TikTok, Instagram Reels o YouTube Shorts con la idea de mirar un solo vídeo. Un rato después has pasado por una receta, una discusión política, un gato, una noticia y una escena de una serie, pero apenas recuerdas los detalles. Esa sensación tiene incluso un nombre popular, brain rot o «podredumbre cerebral». Sin embargo, la ciencia no dice que unos minutos de vídeos cortos destruyan el cerebro. Lo que empieza a mostrar es algo más preciso y, quizá, más útil: un consumo intenso o difícil de controlar se relaciona con peor atención y menor capacidad para frenar impulsos.
Hay además una pista importante que suele perderse en los titulares. El riesgo no parece depender únicamente de cuántos minutos marca el reloj. La relación más fuerte aparece cuando el uso se vuelve automático, interfiere con otras actividades y cuesta detenerlo. Esa diferencia entre mirar vídeos en lo mejor de Facebook y sentir que no se puede dejar de mirarlos cambia bastante la interpretación de los datos.
Qué encontró el mayor estudio sobre vídeos cortos y cerebro
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Psychological Bulletin reunió 71 estudios con un total de 98.299 participantes. Los investigadores analizaron el uso de vídeos breves en plataformas como TikTok y Douyin, además del consumo general de este formato, y lo compararon con distintos indicadores cognitivos y de salud mental.
En conjunto, un mayor uso de vídeos cortos se asoció con un rendimiento cognitivo más bajo. La correlación media fue de -0,34, una relación de magnitud moderada. Las asociaciones más claras aparecieron en la atención, con una correlación de -0,38, y en el control inhibitorio, con -0,41.
Estos números no significan que una persona pierda el 41 % de su autocontrol ni que todos los usuarios vayan a tener problemas. Una correlación expresa cuánto tienden a variar dos factores juntos dentro de un grupo. En este caso, cuanto más problemático era el uso de vídeos cortos, peores tendían a ser algunos resultados cognitivos. No indica por sí sola qué factor apareció primero ni demuestra una causa directa.
Atención y control inhibitorio: las dos señales más consistentes
La atención permite mantener la mente en una tarea y filtrar lo que no importa. El control inhibitorio, en cambio, ayuda a detener una respuesta automática: ignorar una notificación mientras se estudia, no abrir una aplicación por costumbre o dejar el teléfono cuando ya es hora de dormir.
El formato de los vídeos cortos reúne varias características capaces de exigir mucho a esos sistemas. Cada pieza dura poco, puede tratar un asunto completamente diferente y suele ocupar toda la pantalla. Al terminar no aparece un cierre natural, sino otro contenido seleccionado según el comportamiento previo del usuario. El gesto de deslizar es sencillo y la siguiente recompensa es incierta: el próximo vídeo puede resultar aburrido o ser justo aquello que atrape la atención.
Esta combinación favorece cambios de contexto rápidos y reduce las oportunidades de decidir conscientemente si se desea continuar. No significa que el cerebro quede dañado cada vez que alguien desliza la pantalla. Una explicación posible es que la persona se acostumbre a un entorno con novedades constantes y encuentre más difícil sostener actividades lentas, sin recompensas inmediatas, como leer varias páginas, estudiar o seguir una conversación larga. Por ahora, ese mecanismo es plausible, pero todavía necesita más estudios experimentales.
También conviene evitar una explicación demasiado simple basada únicamente en la dopamina. Este neurotransmisor participa en el aprendizaje, la motivación y la búsqueda de recompensas, pero no es una toxina que se «agota» por usar TikTok. Expresiones como «sobredosis de dopamina» o «desintoxicación de dopamina» pueden sonar científicas, aunque no describen con precisión lo que ocurre.
¿Los vídeos cortos también perjudican la memoria?
La respuesta honesta es que aún hay pocos datos. En el metaanálisis, la memoria general estaba representada por un solo estudio y la memoria de trabajo por dos. Las asociaciones encontradas fueron menores que las observadas en atención y control inhibitorio. Por eso no puede afirmarse que los vídeos cortos estén provocando una pérdida generalizada de memoria.
Sí existen resultados que justifican seguir investigando. Un experimento presentado en la conferencia CHI de 2023 dividió a 60 adultos jóvenes en cuatro grupos. Durante una pausa de diez minutos, unos miraron su feed de TikTok, otros usaron Twitter, otros vieron un vídeo largo de YouTube y el resto descansó sin contenido. Después de la pausa, el grupo de TikTok rindió peor que el grupo de descanso en una tarea de memoria prospectiva; el mismo deterioro no apareció en las otras condiciones.
La memoria prospectiva es la que permite recordar una intención pendiente, como enviar un documento al terminar una reunión o apagar el horno dentro de unos minutos. El hallazgo resulta interesante porque el feed breve combina estímulos audiovisuales con numerosos cambios de tema. Aun así, fue un experimento pequeño, con una tarea concreta y una exposición corta. Sirve como señal inicial, no como prueba definitiva de un daño duradero.
La relación con el estrés y la ansiedad
El metaanálisis también encontró una asociación entre un mayor consumo de vídeos cortos y una peor salud mental, aunque fue más débil que la observada para la cognición. La correlación global fue de -0,21. Las relaciones más marcadas aparecieron en el estrés (-0,34) y la ansiedad (-0,33), seguidas por depresión, soledad y peor calidad del sueño.
No todos los resultados fueron negativos. Al agrupar los estudios disponibles, no apareció una relación estadísticamente clara con la autoestima ni con la imagen corporal. Esto recuerda que el contenido importa: un tutorial educativo, un mensaje de un amigo, una comparación física constante y una cadena de vídeos alarmantes no producen necesariamente la misma experiencia.
La dirección de la relación tampoco está resuelta. El uso compulsivo puede elevar el malestar, desplazar el sueño o interrumpir actividades que ayudan a regular las emociones. Pero también es posible que una persona estresada, ansiosa o aburrida recurra con mayor frecuencia al scroll como forma de evasión. Ambas rutas pueden reforzarse entre sí.
El problema no es solamente el tiempo de pantalla
Uno de los resultados más reveladores fue la diferencia entre las formas de medir el consumo. Las escalas de uso problemático —que preguntan por pérdida de control, preocupación constante, malestar al dejar la aplicación o interferencia con las obligaciones— mostraron asociaciones más fuertes con una peor cognición y salud mental que la simple duración.
Para la cognición, las medidas de uso problemático tuvieron una correlación media de -0,37, mientras que el tiempo de consumo mostró -0,20. En salud mental, las cifras fueron de -0,32 y -0,10, respectivamente. La frecuencia con la que se abría la aplicación ni siquiera mantuvo una asociación significativa con la salud mental en el conjunto disponible.
Esto no convierte tres horas diarias en una cantidad inocua. Indica que el contexto ayuda a explicar el riesgo. Una persona puede pasar bastante tiempo viendo material educativo o relacionado con su trabajo sin perder el control, mientras otra puede abrir la aplicación durante periodos más breves, pero hacerlo de forma automática en medio del estudio, las comidas o la madrugada.
Además, las llamadas escalas de «adicción a los vídeos cortos» no equivalen a un diagnóstico clínico. Miden un continuo de conductas problemáticas. De hecho, más de la mitad de los estudios de la revisión emplearon este tipo de cuestionarios, por lo que los resultados pueden representar mejor a quienes tienen dificultades para regular el uso que al usuario ocasional.
¿Afectan más a los adolescentes que a los adultos?
Los investigadores no encontraron una diferencia significativa entre jóvenes y adultos: en ambos grupos, un mayor consumo se relacionó con peores indicadores. Esto no demuestra que el efecto sea idéntico a cualquier edad. El 73 % de los estudios se centró en adultos y la edad media de las muestras fue de unos 23 años, de modo que faltan más datos sobre niños, personas mayores y usuarios de distintas culturas.
También existe un problema geográfico. El 74 % de los trabajos incluidos se realizó en Asia, mientras que América del Norte y Europa aportaron un 11 % cada una. Los hábitos, las plataformas, la regulación y hasta los algoritmos pueden variar entre países. Aplicar exactamente las mismas conclusiones a toda la población mundial sería prematuro.
Lo que la ciencia todavía no puede asegurar
La revisión es amplia, pero no cierra el debate. El 87 % de los estudios incluidos fue correlacional y la mayoría tomó una fotografía de los participantes en un solo momento. Ese diseño permite detectar relaciones, pero no confirmar que los vídeos cortos sean la causa. Para conocer la dirección del efecto hacen falta investigaciones que sigan a las mismas personas durante años y experimentos que comparen distintos formatos y patrones de uso.
Tampoco hay base para afirmar que TikTok, Reels o Shorts estén causando una lesión cerebral permanente. Hablar de «podredumbre cerebral» puede describir de forma coloquial la fatiga o la dispersión, pero no es un diagnóstico médico. La evidencia más firme se refiere a asociaciones con el rendimiento y el bienestar, no a neuronas destruidas ni a una reducción irreversible de la inteligencia.
Los próximos estudios deberán diferenciar mejor el contenido consumido, el motivo de uso y el grado de participación. Buscar una explicación, crear un vídeo o conversar con alguien no es lo mismo que deslizar sin un propósito definido. En investigaciones sobre redes sociales en general, el uso activo y el consumo pasivo ya han mostrado relaciones distintas con el bienestar. Falta comprobar con mayor precisión cuánto se aplica esta diferencia a los vídeos breves.
Cómo reducir el scroll automático sin abandonar las redes
La evidencia actual no obliga a eliminar todas las aplicaciones. Sí ofrece una razón para recuperar los puntos de decisión que el scroll infinito tiende a borrar. Desactivar las notificaciones que no sean necesarias, quitar la aplicación de la pantalla principal o entrar con un objetivo concreto introduce una pausa entre el impulso y la acción.
Otra estrategia consiste en crear un final visible. En lugar de «mirar un rato», se puede decidir de antemano ver durante un intervalo limitado o una cantidad concreta de vídeos. El temporizador no garantiza nada si se ignora siempre, pero transforma una sesión sin límites en una elección que puede revisarse.
También ayuda proteger las actividades que requieren atención sostenida. Abrir un feed antes de estudiar, escribir o leer facilita que una pausa de segundos termine ocupando mucho más. Mantener el teléfono fuera del alcance durante esas tareas reduce la necesidad de ejercer autocontrol una y otra vez. Para el descanso nocturno, el punto clave no es solo la luz de la pantalla: también influyen el tiempo desplazado y la activación producida por un contenido que nunca termina.
La señal más útil es observar el funcionamiento cotidiano. Si el consumo desplaza el sueño, genera conflictos, interrumpe obligaciones o continúa pese a varios intentos de reducirlo, el problema ya no se resume en una cifra de minutos. Cuando esa pérdida de control causa malestar importante, conviene hablar con un profesional de la salud mental en vez de confiar en retos virales o supuestas curas rápidas.
Una alerta razonable, no una sentencia
Los vídeos cortos no son todos iguales ni convierten automáticamente a sus usuarios en personas incapaces de concentrarse. Pueden informar, entretener, enseñar y conectar. Pero la investigación disponible ya es lo bastante consistente como para tomar en serio la relación entre el uso problemático, la atención y el control de impulsos.
La gran pregunta no es si un vídeo de treinta segundos «daña el cerebro». Es qué ocurre cuando cientos de cambios de tema se encadenan sin descanso y sin una decisión clara de continuar. La ciencia aún debe establecer cuánto hay de causa, cuánto de consecuencia y qué personas son más vulnerables. Mientras llegan esas respuestas, recuperar la capacidad de parar es una medida sencilla y sensata. Al final, la señal que más importa no siempre aparece en el contador de tiempo, sino en lo difícil que resulta cerrar la aplicación.
jueves, 17 de septiembre de 2026
A simple vista, una lata de pintura en aerosol parece un objeto bastante sencillo: se agita, se presiona una boquilla y aparece una nube de color lista para crear los mejores graffitis del mundo. Sin embargo, en su interior conviven partículas sólidas, líquidos y gases bajo presión. Todo debe mantenerse estable durante meses y transformarse, en una fracción de segundo, en una capa uniforme sobre una superficie.
Lo más curioso es que el resultado no depende únicamente de la pintura. Una parte decisiva del proceso ocurre justo cuando la mezcla cruza el diminuto orificio de la boquilla. Allí cambia la presión, el líquido se rompe en miles de gotas y algunos componentes comienzan a evaporarse antes de tocar el objeto. Ese pequeño viaje explica por qué una lata puede producir un acabado liso, una textura áspera o una mancha que termina escurriéndose.
¿Qué es realmente la pintura en aerosol?
La pintura en aerosol es un recubrimiento líquido almacenado en un envase cerrado y presurizado. Al salir, el líquido se divide en gotas muy pequeñas suspendidas temporalmente en el aire. En sentido científico, esa nube de gotas es el aerosol; la palabra no se refiere solo a la lata.
La fórmula exacta cambia según la marca y el uso previsto. Una pintura para metal no necesita las mismas propiedades que otra pensada para plástico, madera, carrocerías o trabajos artísticos. Aun así, la mayoría de los productos combina cinco grupos de ingredientes: pigmentos, resinas, disolventes, propelentes y aditivos.
Qué contiene una lata de pintura en aerosol
Pigmentos: partículas que dan color y opacidad
Los pigmentos son partículas sólidas extremadamente pequeñas. No se disuelven como el azúcar en el agua, sino que permanecen dispersas en el líquido. Su tarea principal es aportar color, aunque también influyen en la capacidad de cubrir el fondo, la resistencia a la luz y la duración del tono.
El dióxido de titanio se utiliza con frecuencia para conseguir blancos opacos; el negro de carbono permite obtener negros intensos, y distintos óxidos de hierro producen amarillos, rojos y marrones. También existen pigmentos orgánicos de colores vivos y partículas especiales capaces de crear efectos fluorescentes, nacarados o metálicos.
El tamaño, la forma y la cantidad de estas partículas cambian el comportamiento de la pintura. Si el pigmento se acumula en el fondo o no se distribuye bien, el color puede salir irregular y la boquilla puede obstruirse. Por eso agitar la lata no es un gesto ceremonial: cumple una función física concreta.
Resinas: el pegamento invisible de la fórmula
La resina, también llamada aglutinante, es el componente que mantiene unidas las partículas de pigmento y las fija a la superficie. Cuando la pintura pierde sus componentes volátiles, la resina forma una película continua. Esa película determina buena parte de la adherencia, la dureza, la flexibilidad, el brillo y la resistencia al agua o al desgaste.
Entre las formulaciones habituales hay resinas acrílicas, alquídicas y derivados de la celulosa, aunque existen muchas variantes. Las acrílicas pueden ofrecer buena estabilidad del color y secado rápido. Las alquídicas suelen formar capas resistentes, pero su endurecimiento puede continuar durante bastante tiempo. Los aerosoles técnicos de dos componentes incorporan una reacción química adicional entre la base y un endurecedor; una vez activados, tienen una vida útil limitada.
Esto explica una diferencia importante: que una pintura esté seca al tacto no significa que ya se haya curado por completo. La superficie puede dejar de manchar en pocos minutos y, sin embargo, necesitar horas o días para alcanzar su dureza final.
Disolventes: el vehículo que luego desaparece
Los disolventes mantienen la resina en condiciones adecuadas para salir por una abertura diminuta y extenderse sobre el material. También regulan la viscosidad, la velocidad de evaporación y la forma en que las gotas se unen al llegar a la superficie.
Una evaporación demasiado rápida puede impedir que la capa se nivele y dejar una textura parecida a la piel de naranja. Si ocurre demasiado despacio o se aplica más producto del necesario, aumentan las posibilidades de que aparezcan gotas y escurridos. Las fórmulas suelen combinar sustancias con distintas velocidades de evaporación para equilibrar ambos extremos.
En los aerosoles al agua, el agua sustituye una parte importante de los disolventes orgánicos. Eso puede reducir el olor y ciertas emisiones, pero no convierte al producto en inocuo: puede contener codisolventes, aditivos y propelentes. La etiqueta y la ficha de datos de seguridad siguen siendo la referencia correcta.
Propelentes: la energía almacenada en la lata
El propelente es el gas que proporciona la presión necesaria para expulsar la pintura. Son comunes mezclas de propano, butano o isobutano, además del éter dimetílico en algunas formulaciones. Otros sistemas emplean gases comprimidos, como dióxido de carbono o nitrógeno. La composición depende del producto y del fabricante.
Muchos propelentes se encuentran parcialmente licuados dentro del envase. Sobre el líquido queda una fase gaseosa que ejerce presión. Cuando se libera parte del contenido, una porción del propelente líquido se evapora y ocupa el nuevo espacio. Gracias a ese equilibrio entre líquido y vapor, la lata puede conservar una presión relativamente estable durante buena parte de su uso.
Aquí aparece una pista fácil de sentir con la mano: al rociar durante varios segundos, la lata se enfría. La expansión del gas y, sobre todo, la evaporación del propelente necesitan energía, que se toma en forma de calor del contenido y del propio envase.
Aditivos: pocos en cantidad, importantes en el resultado
Los aditivos suelen representar una parte menor de la fórmula, pero resuelven problemas muy concretos. Algunos mantienen los pigmentos separados y reducen su sedimentación; otros modifican el flujo, evitan la espuma, aceleran ciertas reacciones de curado o ayudan a proteger el color frente a la radiación ultravioleta.
No existe una receta universal. Dos aerosoles del mismo color pueden comportarse de forma diferente porque emplean resinas, disolventes y aditivos distintos.
Cómo funciona una lata de pintura en aerosol
El mecanismo básico está formado por el envase resistente a la presión, una válvula, un tubo que llega cerca del fondo y un pulsador con boquilla. Mientras no se presiona el pulsador, la válvula permanece cerrada y mantiene aislado el contenido.
Al presionarlo, la válvula abre un camino hacia el exterior. La presión interna empuja la mezcla líquida por el tubo ascendente. El fluido atraviesa conductos cada vez más estrechos y llega a la boquilla a gran velocidad. Cuando sale a una atmósfera con mucha menos presión, el chorro se vuelve inestable y se fragmenta en gotas. A este proceso se lo llama atomización.
Parte del propelente disuelto también se expande o se evapora de manera repentina al abandonar la lata, lo que ayuda a romper todavía más el líquido. La geometría de la boquilla, la presión, la viscosidad y la tensión superficial deciden el tamaño de las gotas y la forma del abanico. No es magia: es mecánica de fluidos trabajando en pocos milímetros.
Por qué hay que agitar la lata
Con el tiempo, los pigmentos y otras partículas pueden descender por acción de la gravedad. Muchas latas contienen una pequeña esfera de metal o vidrio. El sonido que se escucha al agitarlas procede del choque de esa pieza contra las paredes internas.
Su movimiento remueve el contenido y vuelve a dispersar el material asentado. Si se omite este paso, las primeras pulverizaciones pueden contener una proporción incorrecta de componentes. El resultado puede ser un tono desigual, menor cobertura o una válvula bloqueada. El tiempo de agitación y la preparación recomendada varían, así que conviene seguir las indicaciones del envase en lugar de aplicar una regla idéntica a todos los productos.
La boquilla cambia la forma de pintar
El orificio final no solo deja salir la pintura: controla el caudal y la geometría del chorro. Una boquilla estrecha suele producir una línea más fina y permite trabajar detalles. Una de alto caudal cubre áreas grandes con rapidez, mientras que una boquilla en abanico genera una huella alargada, parecida a la de algunas pistolas de pintura.
Cambiar la boquilla, cuando el sistema lo permite, no modifica la fórmula que hay dentro de la lata, pero sí altera cómo se reparte. También cambia la cantidad de material que llega a cada zona. Por eso una boquilla de gran caudal puede aumentar el riesgo de escurridos si se mantiene quieta o demasiado cerca.
Qué ocurre cuando las gotas llegan a la superficie
Las gotas aterrizan todavía húmedas y comienzan a unirse. Para formar una película uniforme deben mojar el material, extenderse y conservar suficiente fluidez como para borrar parcialmente sus límites. Después, los disolventes se evaporan y la resina queda junto con los pigmentos.
La limpieza de la superficie es esencial porque el polvo, la grasa, la humedad o una capa vieja poco adherida interrumpen ese contacto. La energía superficial del material también importa: algunos plásticos son difíciles de mojar y pueden requerir una imprimación específica.
La distancia y el movimiento de la mano cambian el equilibrio. Si la lata está demasiado lejos, muchas gotas pierden disolvente durante el vuelo y llegan casi secas, creando una capa rugosa y con poca adherencia. Si está demasiado cerca o se avanza muy despacio, llega demasiado líquido al mismo punto y se forman chorreaduras. Varias capas finas suelen controlar mejor este fenómeno que una sola capa pesada, siempre que se respeten los tiempos de repintado indicados por el fabricante.
Por qué una pintura queda mate y otra brillante
El brillo depende de cómo la superficie refleja la luz. Una película lisa devuelve gran parte de la luz en una dirección definida y el ojo percibe reflejos claros. En una pintura mate, la microtextura dispersa la luz en muchas direcciones, por lo que casi no aparecen reflejos.
La relación entre pigmento y resina, el tipo de partículas y los aditivos matizantes ayudan a crear esa microtextura. En los acabados metálicos, pequeñas láminas reflectantes deben orientarse dentro de la película para producir destellos. Si la aplicación es irregular, esa orientación cambia y pueden aparecer manchas con distinta luminosidad aunque el color sea el mismo.
La preparación también cuenta. Los acabados brillantes revelan con facilidad rayas, polvo y abolladuras porque sus reflejos resaltan cualquier deformación. Los mates suelen disimular mejor esas imperfecciones, aunque pueden ser más difíciles de limpiar sin alterar su aspecto.
Temperatura y humedad: dos variables que cambian el aerosol
Cuando la temperatura baja, la pintura se vuelve más viscosa y la presión interna puede disminuir. La atomización empeora y pueden aparecer gotas grandes o salpicaduras. Con calor intenso ocurre lo contrario: la presión aumenta. Nunca se debe calentar una lata para intentar mejorar el flujo, dejarla al sol dentro de un vehículo ni acercarla a una fuente de calor.
La humedad elevada puede favorecer condensación sobre una superficie fría y afectar la adherencia. En ciertas lacas también puede causar un aspecto blanquecino o turbio, porque la evaporación rápida enfría la película y facilita que la humedad quede atrapada. Trabajar dentro del intervalo de temperatura y humedad indicado en la etiqueta evita muchos defectos atribuidos por error a la calidad de la pintura.
Seguridad al usar pintura en aerosol
Pulverizar convierte una parte del producto en niebla respirable y libera vapores. Por eso una habitación con una ventana entreabierta no siempre ofrece ventilación suficiente. La opción más segura para un uso ocasional suele ser trabajar al aire libre, lejos de otras personas y teniendo en cuenta la dirección del viento. En trabajos profesionales o interiores se necesita extracción mecánica adecuada y un espacio preparado para pulverización.
También hay riesgo de incendio. Muchos disolventes y propelentes son inflamables, de modo que no se debe rociar cerca de llamas, cigarrillos, chispas, motores u otras fuentes de ignición. El envase no debe perforarse, quemarse ni exponerse a temperaturas elevadas, incluso cuando parece vacío.
Una mascarilla común contra el polvo no protege frente a vapores orgánicos. El equipo respiratorio correcto depende de la fórmula, la duración del trabajo, la ventilación y la normativa local. Hay que consultar la etiqueta y la ficha de seguridad, elegir filtros adecuados y asegurar un buen ajuste al rostro. Algunas pinturas profesionales, como ciertos sistemas de dos componentes con isocianatos, requieren controles mucho más estrictos y no son apropiadas para una aplicación doméstica improvisada. Los guantes resistentes al producto y la protección ocular completan las precauciones básicas.
Impacto ambiental y eliminación de las latas
Los compuestos orgánicos volátiles liberados por algunas pinturas participan en reacciones que favorecen la formación de ozono a nivel del suelo. A esto se suman la niebla que no alcanza el objeto, los restos de pintura y el propio envase. Las formulaciones al agua o con menos disolvente pueden reducir parte del impacto, aunque siguen necesitando un uso responsable.
La forma de desechar una lata cambia según el país y el municipio. Un aerosol completamente vacío puede aceptarse como metal reciclable en algunos lugares, mientras que uno con pintura o presión residual suele requerir un punto de recepción de residuos peligrosos. No se debe perforar para vaciarlo ni arrojar pintura líquida al desagüe o al suelo. Lo correcto es conservar la etiqueta y consultar el sistema local de gestión de residuos.
Una pequeña fábrica de color en la mano
La pintura en aerosol reúne química de polímeros, comportamiento de partículas, termodinámica y mecánica de fluidos dentro de un envase portátil. El pigmento aporta el color, la resina construye la película, el disolvente permite aplicarla y el propelente suministra la energía. La válvula y la boquilla coordinan todo en el instante exacto.
Comprender este proceso permite mirar la lata de otra manera. Agitarla, preparar la superficie, controlar la distancia y respetar los tiempos no son simples consejos aprendidos por costumbre. Cada paso actúa sobre un fenómeno físico o químico concreto. Y esa es la verdadera razón por la que una aplicación cuidadosa puede convertir la misma fórmula en un acabado uniforme, resistente y brillante, o en una capa áspera que apenas se sostiene.
La ciencia en Latinoamérica vive una contradicción difícil de ignorar. La región tiene más investigadores, publica más trabajos y participa en proyectos capaces de cambiar lo que sabemos sobre el universo, las enfermedades y el clima. Sin embargo, todavía invierte poco, depende demasiado de presupuestos públicos inestables y convierte una parte muy pequeña de ese conocimiento en tecnología propia.
Hay una cifra que resume bien esta tensión: entre 2014 y 2023, el número de investigadores de América Latina y el Caribe creció un 45 %. En el mismo periodo, las solicitudes internacionales de patentes de la región disminuyeron. Es decir, existe más talento científico, pero no siempre encuentra los recursos, la infraestructura o los puentes con el sector productivo que necesita para transformar sus ideas en soluciones.
¿Está la ciencia latinoamericana despegando o sigue atrapada en sus problemas históricos? La respuesta corta es que ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Para comprender el presente hay que mirar más allá de los grandes descubrimientos y observar quién financia la investigación, dónde se realiza, en qué idioma se publica y qué países concentran las oportunidades. Desde blogs de Uruguay hasta México, hemos investigado sobre cuál es la situación de la ciencia en Latinoamérica y aquí te lo contamos en Mundo Ciencia.
¿Cuál es la situación actual de la ciencia en Latinoamérica?
La radiografía regional más reciente está en El Estado de la Ciencia 2025, elaborado por la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT), la Organización de Estados Iberoamericanos y la UNESCO. Aunque el informe se publicó a finales de 2025, los últimos datos comparables para la mayoría de los países corresponden a 2023. Esta aclaración es importante: la ciencia necesita estadísticas precisas, y presentar cifras antiguas como si fueran actuales puede ofrecer una imagen engañosa.
En 2023, América Latina y el Caribe invirtió unos 85.553 millones de dólares medidos en paridad de poder de compra. La cantidad es mayor que una década antes, pero solo equivale al 0,60 % del producto interno bruto regional y al 4,4 % de la inversión mundial en investigación y desarrollo. Como referencia, algunas de las economías más intensivas en conocimiento destinan entre el 2,5 % y más del 5 % de su PIB a estas actividades.
El problema no es únicamente cuánto se invierte, sino cómo se reparte. Brasil concentró el 62,5 % del gasto regional en I+D. México y Argentina se situaron cerca del 10 % cada uno, mientras que Chile y Colombia rondaron el 3 %. En conjunto, esos cinco países reunieron aproximadamente el 88 % de la inversión. Esto deja a gran parte de Centroamérica, el Caribe y los países latinoamericanos más pequeños con sistemas científicos frágiles y muy dependientes de la cooperación exterior.
Brasil y Uruguay fueron los únicos países que superaron el promedio regional de inversión respecto a su PIB, con un 1,19 % y un 0,71 %, respectivamente. Argentina se ubicó en el promedio, mientras que muchos otros países no llegaron al 0,40 %. No significa que allí no exista buena ciencia. Significa que sus equipos suelen trabajar con menos laboratorios, convocatorias, becas y posibilidades de sostener proyectos durante varios años.
Hay más investigadores, pero siguen siendo pocos
La región pasó de unos 297.000 investigadores equivalentes a jornada completa en 2014 a 429.000 en 2023. El aumento es notable, aunque la distancia con las economías que más invierten en conocimiento continúa siendo enorme.
América Latina y el Caribe cuenta con 1,32 investigadores por cada mil personas de la población económicamente activa. La Unión Europea se acerca a 9,8, Estados Unidos a 10,8 y Corea del Sur supera los 17. Esta diferencia ayuda a entender por qué un país latinoamericano puede formar profesionales excelentes y, al mismo tiempo, no disponer de suficientes puestos para incorporarlos.
Las universidades sostienen buena parte del sistema: concentran el 74,2 % de los investigadores de la región. Esa fortaleza tiene una cara menos favorable. Cuando la investigación depende casi por completo de universidades y organismos públicos, una crisis presupuestaria puede detener experimentos, suspender becas o dejar equipos costosos sin mantenimiento. También dificulta que las empresas incorporen conocimiento científico a su producción.
Los campos científicos que están marcando 2026
Hablar de “ciencia latinoamericana” como si fuera una sola realidad sería un error. Cada país tiene capacidades diferentes, pero varias áreas muestran con claridad el potencial de la región.
Astronomía: el cielo chileno abre una nueva etapa
Chile ocupa un lugar central en la astronomía mundial gracias a la calidad de sus cielos y a observatorios como ALMA, Paranal y La Silla. El 30 de junio de 2026, el Observatorio Vera C. Rubin inició desde Cerro Pachón su estudio de diez años del cielo austral. Su cámara registrará cambios en el universo noche tras noche y ayudará a estudiar materia oscura, asteroides, explosiones estelares y millones de objetos que varían con el tiempo.
En Cerro Armazones también avanza la construcción del Extremely Large Telescope, diseñado para convertirse en el mayor telescopio óptico e infrarrojo del mundo. Estas instalaciones colocan a Latinoamérica en el centro de la astronomía del siglo XXI. El reto es que estar en el territorio no convierta a los países anfitriones en simples proveedores de cielo y suelo. El verdadero impacto aparece cuando la infraestructura también forma especialistas locales, facilita el acceso a los datos y fortalece universidades de la región.
Biomedicina: investigar problemas que afectan a la región
La pandemia dejó una lección clara: depender por completo de tecnología sanitaria externa puede costar tiempo y vidas. Desde entonces, distintos países reforzaron investigaciones sobre vacunas, diagnóstico, genómica, enfermedades transmitidas por mosquitos y producción de medicamentos.
Un ejemplo reciente es la vacuna Butantan-DV contra el dengue, desarrollada en Brasil y registrada para aplicarse en una sola dosis a personas de entre 12 y 59 años. Más allá de un producto concreto, el caso demuestra lo que puede conseguir una red estable de institutos públicos, hospitales, voluntarios, sistemas de vigilancia y capacidad industrial.
La región necesita este tipo de conocimiento porque sus problemas sanitarios no siempre ocupan los primeros lugares en la agenda de los países ricos. Dengue, Chagas, malaria, leishmaniasis y otras enfermedades requieren investigación continua en los lugares donde circulan. Lo mismo sucede con la resistencia a los antibióticos y con el enfoque “Una sola salud”, que estudia de forma conjunta la salud humana, animal y ambiental.
Materiales, energía y grandes laboratorios
Brasil también opera Sirius, una fuente de luz sincrotrón de cuarta generación instalada en Campinas. Esta enorme infraestructura permite estudiar materiales, proteínas, suelos, minerales, medicamentos y procesos vinculados con la energía a escalas extremadamente pequeñas. Durante 2026 continuó ampliando sus líneas de luz y recibió proyectos de equipos científicos mediante convocatorias abiertas.
Sirius muestra por qué las grandes instalaciones compartidas son importantes. Ninguna universidad pequeña podría construir por sí sola un instrumento de este tamaño, pero una infraestructura nacional o regional puede atender a cientos de grupos. América Latina todavía tiene mucho margen para aplicar este modelo a supercomputación, secuenciación genómica, oceanografía, microscopía avanzada y redes de observación climática.
Inteligencia artificial y computación cuántica
La inteligencia artificial ya forma parte de la agenda científica regional, aunque sus capacidades están muy concentradas. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025 indica que Brasil y México reúnen el 68 % de los investigadores activos en IA de la región. Si se suman Colombia, Chile y Argentina, los cinco países concentran el 87 %.
La brecha más difícil de cerrar no está en el uso cotidiano de herramientas generativas, sino en la capacidad para crear modelos, procesar grandes conjuntos de datos y formar investigadores avanzados. Más de la mitad de los 19 países analizados no dispone de infraestructura informática de alto rendimiento, y 11 no cuentan con doctorados en inteligencia artificial. El riesgo es evidente: Latinoamérica puede convertirse en una gran consumidora de sistemas diseñados en otros lugares, con datos y prioridades que no representan su realidad.
También existen movimientos para cambiar ese escenario. Brasil puso en marcha un plan de inteligencia artificial para 2024-2028 con una inversión prevista de hasta 23.000 millones de reales. México avanza con Coatlicue, una infraestructura pública de supercomputación cuyo comité técnico fue creado en 2026. Al mismo tiempo, el software de código abierto ofrece una vía más accesible para que países con menos recursos creen soluciones locales y colaboren entre sí.
La computación cuántica todavía se encuentra en una fase inicial, pero ya entró en la planificación científica regional. No se trata de que cada país construya mañana un ordenador cuántico completo. La prioridad inmediata es formar especialistas en física, matemáticas, ingeniería y programación, además de crear redes que eviten una nueva dependencia tecnológica.
La ciencia abierta es una fortaleza latinoamericana
Latinoamérica no lidera la inversión mundial, pero sí desarrolló una manera original de compartir el conocimiento. Muchas revistas científicas de la región nacieron dentro de universidades públicas y permiten leer artículos sin pagar una suscripción. En numerosos casos, tampoco cobran al investigador por publicar. Este modelo, conocido como acceso abierto diamante, contrasta con el sistema comercial de grandes editoriales que puede cobrar miles de dólares por un solo artículo.
SciELO, Latindex, Redalyc y LA Referencia ayudaron a que revistas, tesis, datos y repositorios latinoamericanos fueran más visibles. SciELO, por ejemplo, amplió su modelo para incluir prepublicaciones, datos de investigación, identificación de la contribución de cada autor y formas más transparentes de revisión por pares.
En 2026, la UNESCO informó que el 88 % de los países de América Latina y el Caribe ya había iniciado acciones para aplicar su Recomendación sobre la Ciencia Abierta. El avance es importante, pero abrir un archivo no basta. Los datos deben estar bien descritos, ser comparables, proteger la privacidad y permanecer en servidores sostenibles. Sin personal técnico y financiación, un repositorio puede quedar abandonado igual que un laboratorio.
El problema de la visibilidad y el idioma
La mayor parte de la comunicación científica internacional se realiza en inglés. Usar una lengua común facilita la colaboración, pero también crea una barrera para quienes no tuvieron acceso a una formación bilingüe. Además, una investigación sobre un río, una comunidad rural o una enfermedad local puede ser poco atractiva para una revista extranjera aunque sea muy valiosa para la población afectada.
El sistema de evaluación agrava el problema cuando juzga a una persona por el prestigio de la revista donde publica y no por la calidad o utilidad real de su trabajo. Bajo esa presión, los investigadores buscan temas con mayor posibilidad de aparecer en publicaciones internacionales. El resultado puede ser una ciencia visible en los índices globales, pero distante de las necesidades de su propio país.
La solución no consiste en abandonar el inglés ni en encerrarse dentro de las fronteras nacionales. Consiste en construir una ciencia realmente multilingüe. Un mismo estudio puede tener un artículo técnico en inglés, un resumen amplio en español o portugués y materiales sencillos para las comunidades relacionadas con la investigación. Publicar en varios formatos no rebaja la calidad: amplía el número de personas que pueden utilizar el conocimiento.
Más publicaciones no siempre significan más innovación
La producción científica creció en casi todos los países latinoamericanos entre 2014 y 2023. Brasil siguió como principal productor regional, mientras que Perú y Ecuador registraron algunos de los mayores aumentos relativos. La colaboración internacional también permitió participar en proyectos que serían imposibles para un solo laboratorio.
Sin embargo, las solicitudes de patentes mediante el Tratado de Cooperación en materia de Patentes pasaron de 1.435 en 2014 a 1.162 en 2023 para toda América Latina y el Caribe. Una patente no es la única forma de medir la innovación y muchas investigaciones valiosas nunca deberían terminar en una. Aun así, la caída señala una dificultad conocida: el paso entre un descubrimiento y una aplicación suele ser débil.
Para reducir esa distancia hacen falta oficinas de transferencia tecnológica competentes, financiación para las etapas de prueba, compras públicas innovadoras y empresas dispuestas a invertir en investigación. También se necesitan reglas que protejan el interés público. Transferir conocimiento no debería significar regalar a una compañía privada el resultado de años de trabajo pagado por toda la sociedad.
Mujeres en la ciencia y nuevas generaciones
Las mujeres representan alrededor del 46 % de las personas dedicadas a la investigación en América Latina y el Caribe. Argentina, Venezuela, Paraguay y Uruguay superan la mitad, mientras que la participación es menor en países como Perú y Chile. El promedio regional, por tanto, oculta diferencias nacionales y no explica qué ocurre en cada disciplina o nivel de responsabilidad.
Para las nuevas generaciones, el desafío no termina al obtener un título. Una carrera científica necesita becas previsibles, contratos dignos, laboratorios activos y posibilidades de dirigir proyectos. Cuando esas condiciones desaparecen, emigrar deja de ser una elección académica y se convierte en la única salida profesional.
La movilidad internacional puede ser positiva si genera redes y permite regresar con experiencia. El problema aparece cuando el vínculo funciona en una sola dirección: la región paga la formación inicial, otros países aprovechan ese talento y el sistema de origen pierde a la persona que necesitaba para crecer. Convertir la fuga de cerebros en circulación de conocimiento exige oportunidades reales de retorno y colaboración a distancia.
¿Qué necesita la ciencia latinoamericana para avanzar?
El primer cambio es dar estabilidad al financiamiento. Un laboratorio no puede planificar ensayos de cinco años si desconoce si tendrá presupuesto el próximo semestre. Las políticas científicas necesitan acuerdos que sobrevivan a los cambios de gobierno, objetivos medibles y fondos plurianuales.
El segundo es compartir capacidades. No todos los países pueden tener un sincrotrón, un gran observatorio o un superordenador, pero sí pueden crear mecanismos regionales para utilizar esas instalaciones, formar técnicos y distribuir datos. La cooperación debe ocurrir dentro de Latinoamérica y no solo entre un país latinoamericano y una institución del norte global.
También es necesario cambiar la forma de evaluar el éxito. Las citas y las publicaciones seguirán siendo útiles, pero deberían convivir con otros resultados: bases de datos abiertas, programas informáticos, mejoras en políticas públicas, tecnologías sociales, formación de estudiantes y soluciones aplicadas a problemas locales.
Por último, la ciencia debe hablar con la sociedad antes de que surja una crisis. Comunicar no significa simplificar hasta perder rigor. Significa explicar qué se sabe, qué todavía es incierto y por qué una investigación merece apoyo. En una época de desinformación, esta conversación es parte del trabajo científico, no un adorno posterior.
El futuro de la ciencia en Latinoamérica se decide ahora
En 2026, Latinoamérica posee universidades con larga tradición, redes de acceso abierto, grandes instalaciones, una comunidad científica en crecimiento y territorios esenciales para estudiar el clima, la biodiversidad, los océanos y el espacio. No parte de cero ni carece de talento.
Su mayor límite es la dificultad para convertir esfuerzos aislados en una política sostenida. La región puede seguir formando excelentes investigadores para sistemas científicos ajenos o puede crear condiciones para que colaboren con el mundo sin abandonar las preguntas de sus sociedades.
La diferencia no dependerá de un único descubrimiento espectacular. Dependerá de decisiones menos llamativas, pero más profundas: mantener una beca, cuidar un repositorio, reparar un equipo, financiar una revista, abrir datos de calidad y permitir que una investigación continúe cuando cambia el gobierno. Allí, lejos de los titulares, se juega la verdadera actualidad de la ciencia latinoamericana.
domingo, 13 de septiembre de 2026
¿Qué tienen en común un planeta que se negaba a seguir una órbita circular y la ubicación que muestra tu móvil cuando abres un mapa? La respuesta atraviesa siglos de ciencia. Para encontrarla hubo que cambiar varias ideas que parecían evidentes: que la Tierra estaba quieta, que los colores nacían dentro de un prisma o que el tiempo transcurría igual para todos.
Estas diez obras de la literatura científica permiten seguir ese recorrido. Algunas son libros extensos; otra es un trabajo científico breve. Ninguna resolvió todas las preguntas de su época, pero cada una ofreció una nueva manera de investigar el mundo. La historia comienza con una regla sencilla: antes de afirmar algo, hay que poder demostrarlo.
1. Los elementos, de Euclides: aprender a demostrar
Hacia el año 300 a. C., Euclides reunió en Los elementos conocimientos sobre geometría, proporciones y números. La obra consta de trece libros y parte de definiciones y principios básicos para construir demostraciones cada vez más complejas. Si una afirmación depende de otra, el lector puede seguir los pasos hasta llegar al punto de partida.
Hoy nos puede parecer normal que un problema de matemáticas exija una demostración. La importancia de Los elementos está en mostrar con claridad cómo hacerlo: no basta con que una figura «parezca» tener cierta propiedad; hay que explicar por qué la tiene.
Euclides estudió matemáticas, no realizó experimentos de física. Aun así, su forma de razonar dejó una huella profunda en la ciencia: expresar con precisión una idea permite ponerla a prueba, discutirla y descubrir dónde falla.
2. Sobre las revoluciones de las esferas celestes, de Copérnico: la Tierra se mueve
Durante siglos, muchos modelos astronómicos colocaban una Tierra inmóvil en el centro. En 1543, Nicolás Copérnico publicó una explicación matemática en la que nuestro planeta giraba alrededor del Sol, igual que los demás planetas. La propuesta cambió la pregunta que se hacían los astrónomos: ¿y si parte de lo que vemos en el cielo se debe al movimiento de la propia Tierra?
Copérnico no había llegado al modelo actual. Mantenía, por ejemplo, la idea de que las órbitas debían ser circulares. Tampoco había demostrado que el Sol fuera el centro del universo: su modelo ayudaba a describir el sistema planetario.
Su obra fue decisiva porque abrió una posibilidad que otros pudieron examinar con nuevas observaciones. Una de ellas sería especialmente difícil de explicar: el recorrido de Marte.
3. Astronomía nueva, de Kepler: Marte rompe el círculo perfecto
Johannes Kepler intentó describir el movimiento de Marte utilizando los precisos datos reunidos por Tycho Brahe. Había un problema: el planeta no encajaba bien en una órbita circular. En vez de desechar las mediciones, Kepler terminó abandonando el círculo. En Astronomía nueva, publicada en 1609, presentó sus dos primeras leyes del movimiento planetario.
La primera establece que los planetas siguen órbitas elípticas, con el Sol en uno de los focos. La segunda explica que un planeta no mantiene siempre la misma velocidad: se mueve más rápido cuando está cerca del Sol y más despacio cuando está lejos. Kepler publicaría su tercera ley años después, en otra obra.
Aquí se resuelve la primera parte del misterio inicial. Marte no «fallaba»: fallaba la forma que los astrónomos esperaban encontrar. Las mediciones obligaron a cambiar una idea hermosa, pero incorrecta.
4. Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, de Galileo: una discusión abierta al público
En 1632, Galileo Galilei publicó una obra construida como una conversación entre personajes que debatían los modelos de Copérnico y Ptolomeo. El formato permitía seguir los argumentos sin leer un tratado matemático dirigido únicamente a especialistas. Su defensa del movimiento de la Tierra tuvo consecuencias: en 1633 fue juzgado y condenado por la Inquisición.
Galileo contaba con observaciones telescópicas que Copérnico no había tenido. Las fases de Venus mostraban que ese planeta giraba alrededor del Sol; las lunas de Júpiter dejaban claro que no todo orbitaba la Tierra. Sin embargo, las fases de Venus, por sí solas, no probaban que la Tierra girase alrededor del Sol: el modelo de Tycho Brahe también situaba a Venus en órbita solar mientras mantenía inmóvil a la Tierra.
Esa distinción hace la historia más interesante. Las pruebas científicas no siempre resuelven una discusión de golpe: a menudo descartan algunas explicaciones y dejan otras abiertas.
5. Principios matemáticos de la filosofía natural, de Newton: una misma física para el cielo y la Tierra
¿Por qué cae un objeto al suelo? ¿Qué mantiene a un planeta en su órbita? Isaac Newton relacionó ambas preguntas en sus Principia, publicados en 1687. Allí formuló sus leyes del movimiento y desarrolló la idea de la gravitación universal: la atracción gravitatoria ayuda a explicar tanto fenómenos terrestres como el recorrido de los cuerpos celestes.
Kepler había descrito cómo se movían los planetas. Newton avanzó hacia otra pregunta: por qué podían seguir esas trayectorias. Esa unión permitió hacer predicciones mediante cálculos y se convirtió en una base de la física clásica.
Newton también desarrolló herramientas matemáticas relacionadas con el cálculo, pero conviene no confundir esa historia con la presentación de los Principia, que utiliza ampliamente demostraciones geométricas. Su logro no consistió en volver sencillo el universo, sino en mostrar que fenómenos muy distintos podían obedecer reglas comunes.
6. Óptica, de Newton: los colores estaban en la luz
Mucho antes de publicar Óptica en 1704, Newton ya había investigado qué sucede cuando la luz atraviesa un prisma. Un haz de luz blanca se separa en distintos colores. La conclusión cambió la explicación habitual: el prisma no fabrica esos colores; permite distinguir los componentes de la luz que recibe.
Es fácil comprobar por qué el hallazgo importa si piensas en un arcoíris. La luz solar nos parece blanca, pero al interactuar con las gotas de agua podemos ver sus diferentes colores. Óptica también destaca por presentar experimentos que otros podían examinar y repetir.
Hay una precaución útil al hablar de color: mezclar luces no funciona igual que mezclar pinturas. Entender la luz fue un paso fundamental para estudiar la visión y desarrollar tecnologías ópticas, pero no convierte a un bote de pintura en un pequeño prisma.
7. El origen de las especies, de Darwin: la vida tiene una historia
En 1859, Charles Darwin publicó El origen de las especies. Su propuesta central era que las especies cambian a lo largo de las generaciones y que la selección natural contribuye a explicar cómo se extienden ciertas características. Si una variación heredable favorece la supervivencia o la reproducción en un entorno determinado, puede hacerse más frecuente con el tiempo.
Darwin reunió observaciones de animales y plantas, datos geológicos y ejemplos de cría doméstica. No conocía los mecanismos genéticos que hoy estudiamos. Su libro, sin embargo, ofreció una explicación que permitía conectar hechos antes tratados por separado: las semejanzas entre organismos, sus diferencias y su distribución por el mundo.
La evolución no significa que un individuo cambie de especie durante su vida. Se refiere a cambios en poblaciones a lo largo de muchas generaciones. Esa diferencia ayuda a entender por qué una obra del siglo XIX sigue siendo importante para la biología actual.
8. Investigaciones sobre las sustancias radiactivas, de Marie Curie: el átomo deja de parecer inmutable
Marie Curie defendió en 1903 su tesis sobre sustancias radiactivas. Sus investigaciones, realizadas junto con Pierre Curie y otros colaboradores, habían conducido al descubrimiento del polonio y el radio en 1898. La tesis reunió resultados que ayudaron a comprender que la radiactividad estaba ligada a la materia misma, y no era simplemente una reacción química corriente.
Ese mismo año, Marie y Pierre Curie compartieron con Henri Becquerel el Nobel de Física por sus investigaciones sobre la radiación. En 1911, Marie recibió además el Nobel de Química por sus trabajos sobre el radio y el polonio, entre ellos el aislamiento del radio. Son fechas distintas para etapas distintas de una investigación prolongada.
Su trabajo abrió nuevas preguntas sobre la estructura de la materia. También recuerda que un descubrimiento científico rara vez ocurre en una sola escena brillante: detrás hay mediciones, separaciones de materiales y resultados que deben comprobarse una y otra vez.
9. El trabajo de Planck sobre la radiación, de 1900: la energía entra en una nueva era
Una de las obras más influyentes de esta selección no es un gran libro. A finales de 1900, Max Planck presentó un trabajo para explicar cómo emiten radiación los cuerpos calientes. Las mediciones no encajaban bien con las explicaciones disponibles, y su solución matemática introdujo «elementos de energía» de tamaño definido.
Para imaginar el problema, piensa en un objeto que se calienta hasta brillar: su luz cambia al subir la temperatura. Planck buscaba una regla capaz de describir con precisión esa radiación. La idea de dividir la energía en cantidades discretas resultó mucho más trascendente de lo que parecía al principio.
Por eso, aunque Planck también escribió libros sobre termodinámica y radiación, el punto decisivo para el nacimiento de la teoría cuántica está en sus trabajos de 1900. La física cuántica posterior amplió y transformó aquella idea inicial; no apareció completa en una única publicación.
10. Sobre la teoría de la relatividad especial y general, de Einstein: el tiempo entra en la ecuación
Albert Einstein desarrolló la relatividad especial y la general en investigaciones anteriores a su libro divulgativo. En Sobre la teoría de la relatividad especial y general, cuyo prólogo está fechado en 1916 y cuya traducción inglesa apareció en 1920, intentó explicar esas ideas a lectores sin formación avanzada en física matemática.
La relatividad especial mostró que las medidas de espacio y tiempo dependen del movimiento del observador. La general relacionó la gravedad con la geometría del espacio y el tiempo. Son ideas difíciles, pero una consecuencia nos resulta cercana: los relojes de los satélites GPS necesitan correcciones relativistas para que el sistema indique posiciones con precisión.
Así llegamos al móvil del principio. Entre la órbita inesperada de Marte y un mapa que funciona hay siglos de observaciones, cálculos y teorías revisadas. Kepler corrigió una trayectoria; Newton explicó su relación con la gravedad; Einstein mostró que incluso nuestra manera de medir el tiempo necesitaba ajustes.
¿Qué enseñan estas obras sobre la ciencia?
Esta lista no pretende señalar las únicas diez obras importantes de la historia. Muestra algo más útil: cómo cambia el conocimiento. Euclides enseñó a construir demostraciones; Kepler atendió a datos que contradecían una forma perfecta; Curie midió propiedades inesperadas de la materia; Planck buscó una explicación para resultados que no encajaban.
Sus autores no acertaron en todo. Precisamente por eso vale la pena leerlos como parte de una historia en marcha y no como una colección de verdades intocables. Una buena idea científica debe poder enfrentarse a nuevas pruebas. Cuando esas pruebas muestran un problema, cambiar la explicación es una forma de avanzar.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Imagina abrir el mejor blog de Instagram y encontrar el vídeo de una enorme pantalla instalada en el centro de una ciudad. Todo parece preparado para anunciar una película, una marca de ropa o la nueva colaboración de algún influencer. Sin embargo, el rostro que aparece no pertenece a un actor ni a una estrella de internet. Es el de una persona que dedicó su vida a investigar el espacio, combatir enfermedades o mejorar la producción de alimentos.
Eso es lo que está ocurriendo en distintas zonas de China. Científicos como Qian Xuesen, Tu Youyou y Yuan Longping han comenzado a ocupar algunos de los espacios publicitarios más visibles de centros comerciales, plazas y edificios.
La iniciativa se hizo rápidamente popular en redes sociales y terminó llegando a Instagram, donde numerosas cuentas la presentaron como una forma de convertir a los científicos en las nuevas celebridades del país. Sin embargo, la versión viral esconde algunos matices importantes. China no ha eliminado toda su publicidad comercial ni ha reemplazado oficialmente a cada influencer por un investigador.
La realidad es más concreta: una acción local llamó la atención, fue imitada en otras ciudades y abrió una pregunta mucho más grande. ¿Por qué conocemos la vida de tantos influencers, pero apenas sabemos quiénes están detrás de los avances que transforman el mundo?
¿Qué está ocurriendo en China?
El movimiento comenzó a ganar notoriedad el 7 de agosto de 2026 en el condado de Shan, perteneciente a la ciudad de Heze, en la provincia de Shandong. Allí, un centro comercial sustituyó uno de sus espacios publicitarios por un retrato gigante de Qian Xuesen, una figura fundamental en el desarrollo aeroespacial chino.
La imagen medía aproximadamente 7,8 metros de alto por 5,6 metros de ancho. Se trataba de una instalación física colocada en la fachada del edificio, no de un montaje realizado con inteligencia artificial para conseguir visitas en redes sociales.
Cuando las personas comenzaron a fotografiar el cartel y compartirlo en internet, otros centros comerciales de Heze y de ciudades como Zibo realizaron acciones parecidas. Poco después, la idea llegó a Hailar, en Mongolia Interior, y a Hefei, en la provincia de Anhui. En algunos lugares se utilizaron pantallas LED y en otros se colocaron grandes carteles o cajas de luz.
Con el paso de las semanas aparecieron iniciativas similares en Jiangxi, Henan, Hubei y Xinjiang. En la ciudad de Artux, por ejemplo, las pantallas de varios centros comerciales y plazas comenzaron a mostrar retratos de Yuan Longping, Tu Youyou, Deng Jiaxian y Qian Xuesen acompañados por mensajes que los presentaban como estrellas dignas de admiración.
Por tanto, lo más preciso es hablar de una cadena de iniciativas locales que se extendió por distintas regiones. Algunas fueron impulsadas por comercios y otras terminaron convertidas en campañas públicas. No todas las pantallas de China modificaron su contenido y tampoco desaparecieron los anuncios de productos, artistas o personalidades famosas.
De las calles de China a los vídeos de Instagram
Las primeras fotografías llamaron la atención dentro de China, pero la historia adquirió una nueva dimensión cuando comenzó a circular en Instagram. Diferentes cuentas publicaron vídeos y carruseles con mensajes como “China está convirtiendo a sus científicos en estrellas” o “estos son los verdaderos influencers que una sociedad debería seguir”.
Resulta curioso que una campaña que cuestiona el protagonismo de las celebridades haya necesitado las herramientas de las redes sociales para hacerse conocida fuera del país. Los científicos se volvieron virales gracias a los mismos recursos utilizados habitualmente por los influencers: imágenes impactantes, música emotiva, frases breves y vídeos diseñados para ser compartidos.
Instagram hizo que una acción desarrollada en algunas ciudades fuera percibida como un gran movimiento nacional. Esto demuestra tanto el poder como el riesgo de las redes. Un vídeo de pocos segundos puede despertar curiosidad y llevar una buena idea al otro lado del mundo, pero también puede eliminar detalles importantes y presentar una realidad más simple de lo que realmente es.
La frase “China reemplaza a sus celebridades por científicos” funciona muy bien como titular. Provoca sorpresa, genera comentarios y anima a compartir la publicación. El problema es que no explica que muchas de estas acciones surgieron de manera local ni que solamente ocuparon determinados espacios publicitarios.
¿Quiénes son los científicos convertidos en protagonistas?
Uno de los rostros más repetidos es el de Qian Xuesen, ingeniero que ayudó a establecer las bases de los programas chinos de cohetes, satélites y exploración espacial. En 1957 fue uno de los investigadores que propusieron que China desarrollara su propio programa de satélites. Ese proceso contribuyó al lanzamiento del primer satélite del país en 1970.
También aparece Tu Youyou, investigadora conocida por su participación en el descubrimiento de la artemisinina. Esta sustancia se convirtió en la base de tratamientos fundamentales contra la malaria y su trabajo fue reconocido con el Premio Nobel de Medicina en 2015.
Otro de los protagonistas es Yuan Longping, especialista en agricultura y pionero del arroz híbrido de alto rendimiento. Sus investigaciones permitieron desarrollar variedades capaces de producir una mayor cantidad de alimento por superficie cultivada, algo especialmente importante para la seguridad alimentaria.
En las campañas también han aparecido Deng Jiaxian, vinculado al desarrollo de la física nuclear china; Nan Rendong, impulsor del radiotelescopio FAST; Lin Qiaozhi, pionera de la obstetricia moderna en el país; y Gu Fangzhou, reconocido por su trabajo contra la poliomielitis.
Estos nombres representan áreas muy diferentes. Sus retratos recuerdan que la ciencia no ocurre únicamente en laboratorios llenos de microscopios. También se desarrolla en hospitales, campos de cultivo, universidades, observatorios astronómicos y centros tecnológicos.
Científicos contra influencers: ¿es realmente necesario elegir?
La comparación entre científicos e influencers ha sido una de las principales razones por las que la historia despertó tanta atención en Instagram. Muchos comentarios celebran que los investigadores ocupen un lugar normalmente reservado para personas famosas por su aspecto, estilo de vida o cantidad de seguidores.
Sin embargo, presentar el tema como una lucha entre “científicos buenos” e “influencers superficiales” sería demasiado sencillo. Ser influencer no describe necesariamente la calidad de lo que una persona comunica. Existen creadores que divulgan conocimientos sobre astronomía, medicina, biología, historia o medioambiente y consiguen explicar asuntos complejos a millones de seguidores.
Un científico también puede convertirse en influencer si utiliza su conocimiento para generar interés, orientar conversaciones y acercar la investigación al público. De hecho, la ciencia necesita comunicadores capaces de traducir ideas difíciles a un lenguaje que cualquier persona pueda comprender.
El verdadero problema no es que existan influencers. La cuestión es qué tipo de contenidos reciben mayor visibilidad y por qué. Las redes sociales utilizan sistemas de recomendación para intentar mostrar aquello que puede resultar relevante para cada usuario. Las vistas, los comentarios, los contenidos compartidos y los guardados forman parte de las señales que permiten medir el rendimiento de una publicación.
Estos sistemas no determinan qué persona ha realizado la mayor aportación a la humanidad. Su función es predecir qué contenido puede mantener nuestra atención. Por eso, una fotografía de moda, una polémica o un vídeo humorístico puede extenderse con más facilidad que una explicación sobre física nuclear.
La campaña china introduce a los científicos dentro de esa competencia por la atención. Utiliza retratos enormes y mensajes emotivos para lograr que la gente se detenga, saque el teléfono y comparta la imagen. En cierto modo, convierte a los investigadores en protagonistas de un contenido pensado para volverse viral.
¿Puede Instagram ayudar a crear nuevos referentes científicos?
Una publicación viral no hará que miles de adolescentes quieran estudiar ciencia de manera inmediata. No obstante, ver repetidamente a una persona puede despertar curiosidad y hacer que su profesión parezca más cercana.
Una revisión de 55 investigaciones sobre modelos científicos encontró que estos pueden aumentar la motivación hacia las carreras STEM, aunque su efecto depende de cómo sean presentados. Los estudiantes conectan mejor con referentes con los que encuentran alguna semejanza y cuya trayectoria consideran difícil, pero posible de alcanzar. Cuando un científico aparece únicamente como un genio perfecto e inimitable, el resultado incluso puede ser desmotivador.
Otro estudio comprobó que los alumnos se identificaban más con los científicos cuando, además de conocer sus investigaciones y ver sus fotografías, descubrían detalles sobre sus experiencias, aficiones, dificultades y personalidad. El rostro consigue llamar la atención, pero la historia humana es la que crea una verdadera conexión.
Aquí es donde Instagram podría aportar mucho más que una simple foto. Un carrusel puede explicar un descubrimiento mediante varias imágenes. Un Reel puede contar en menos de un minuto qué problema resolvió una científica. Una transmisión en directo puede permitir que estudiantes hagan preguntas a investigadores que todavía trabajan en laboratorios o universidades.
Las pantallas gigantes pueden ser el primer contacto. Instagram, los pódcast, YouTube y los proyectos educativos pueden continuar la historia.
El riesgo de convertir la ciencia en un culto a la personalidad
Reconocer públicamente a los científicos es positivo, pero también conviene evitar presentarlos como personajes perfectos. Los grandes descubrimientos casi nunca son obra de una sola persona. Detrás de cada avance existen equipos, técnicos, docentes, estudiantes, instituciones y años de trabajo colectivo.
La ciencia tampoco progresa porque ciertas personas siempre tengan razón. Avanza mediante preguntas, errores, experimentos, discusiones y correcciones. Si los científicos son transformados en héroes intocables, se puede ocultar aquello que hace valioso al pensamiento científico: cambiar una explicación cuando las pruebas muestran que estaba equivocada.
Una campaña realmente educativa debería contar los logros, pero también los obstáculos. Saber que un investigador se equivocó, tuvo dudas o necesitó muchos intentos puede ser más inspirador que conocer únicamente sus premios.
Además, convendría mostrar científicos de diferentes edades, orígenes y áreas de trabajo. Si todas las pantallas presentan el mismo tipo de figura solemne y distante, muchos jóvenes seguirán pensando que la investigación es una actividad reservada para personas excepcionales.
¿Podría hacerse algo similar en México y Latinoamérica?
México y el resto de América Latina tienen suficientes historias científicas para llenar las pantallas de centros comerciales, plazas, aeropuertos y estaciones.
Podrían aparecer Mario Molina y sus investigaciones sobre el daño que los gases CFC causan en la capa de ozono; Luis Ernesto Miramontes y la síntesis de la noretisterona utilizada en los primeros anticonceptivos orales; Susana López Charretón y sus estudios sobre los rotavirus; o Evangelina Villegas y su trabajo para desarrollar maíz con una mejor calidad nutricional.
La propuesta podría combinar el espacio físico con las redes sociales. Cada retrato tendría un código QR que llevara a un perfil de Instagram con vídeos, fotografías, explicaciones sencillas y relatos sobre la vida de la persona homenajeada. Los divulgadores e influencers podrían colaborar con científicos para presentar esas historias a nuevas audiencias.
No se trataría de expulsar a músicos, actores o creadores de contenido de las pantallas. El objetivo sería ampliar el grupo de personas que una sociedad considera dignas de reconocimiento.
Una pantalla gigante no sustituye una buena educación, un laboratorio equipado ni la inversión en investigación. Sin embargo, puede provocar algo importante: que una persona levante la mirada, descubra un nombre desconocido y quiera saber más.
Instagram puede transformar esa curiosidad de unos segundos en una historia compartida por millones. La pregunta es qué decidimos hacer con esa atención.
Porque las personas que una sociedad convierte en famosas no solo muestran lo que esa sociedad admira en el presente. También pueden influir en aquello que sus jóvenes soñarán con ser en el futuro.
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